La cena como llave del descanso: qué llevar al plato y qué dejar afuera para dormir de corrido
Nutricionistas y especialistas en sueño coinciden en que la última comida del día y su horario pueden ser tan determinantes como apagar el celular o bajar el estrés. Triptófano, magnesio, melatonina y omega-3 aparecen en alimentos de consumo habitual, mientras que el alcohol, la cafeína, los picantes y las grasas pesadas aparecen del otro lado de la balanza.
Dormir bien no depende solamente de apagar las pantallas ni de bajar el estrés antes de meterse en la cama. El contenido de la cena y, sobre todo, el horario en que se come son dos variables que condicionan la velocidad con la que una persona se duerme, la cantidad de veces que se despierta a la mitad de la noche y la energía con la que amanece al día siguiente. La pauta que repiten los especialistas en sueño y nutrición es simple y bastante concreta: conviene cenar entre dos y tres horas antes de acostarse, de modo que el organismo tenga margen para avanzar con la digestión antes de que el cuerpo entre en fase de reposo.
Cuando la comida cae demasiado cerca de la hora de dormir, el resultado suele ser malestar estomacal, alteraciones en el azúcar en sangre y un sueño de menor calidad, fragmentado y con más despertares. Tampoco conviene pasarse al otro extremo y dejar pasar demasiadas horas sin comer, porque el hambre también puede interrumpir el descanso. La clave está en una comida liviana, con porciones moderadas y alimentos de digestión rápida, que no le exija al estómago un trabajo pesado en plena noche.
Los nutrientes que ayudan a dormir
- Triptófano: es un aminoácido que el cuerpo utiliza para producir serotonina y melatonina. Está presente en el pollo, los granos enteros como avena, quinoa y cereales de trigo, el kiwi, los huevos y los lácteos.
- Nueces y semillas: pistachos, almendras y semillas de calabaza aportan melatonina y magnesio, dos compuestos vinculados con la regulación del ciclo de sueño.
- Cerezas y su jugo: contienen melatonina y serotonina de origen natural, según la literatura consultada.
- Pescados grasos: salmón, bacalao y atún suman ácidos grasos omega-3, asociados a procesos de regulación del descanso.
- Manzanilla: entre las infusiones, concentra apigenina, un antioxidante que se une a receptores cerebrales vinculados con la somnolencia y puede reducir episodios de insomnio, según Healthline.
Lo que conviene dejar afuera de la mesa
En el otro extremo de la balanza aparecen alimentos y bebidas que entorpecen el descanso. El alcohol es el caso más engañoso: suele percibirse como un facilitador del sueño porque acelera el adormecimiento inicial, pero el efecto se revierte cuando el organismo lo metaboliza. En esa segunda etapa el descanso se fragmenta y aumenta el riesgo de despertares en los momentos más importantes del ciclo nocturno. En personas con apnea del sueño, el alcohol agrava los síntomas, y con uso regular también se asocia a sonambulismo y problemas de memoria, de acuerdo con Johns Hopkins Medicine.
La cafeína, presente en café, mate, té y algunas bebidas cola, estimula el sistema nervioso y puede mantener al cerebro activo más allá del horario deseado. Los picantes irritan el estómago y elevan la temperatura corporal, dos factores que conspiran contra un sueño profundo. Las comidas muy grasas y abundantes obligan al aparato digestivo a trabajar en horario nocturno, lo que se traduce en digestiones pesadas, reflujo y más idas al baño durante la madrugada.
La recomendación general, entonces, es armar una cena liviana, rica en triptófano, magnesio y melatonina natural, evitar el alcohol y la cafeína en las horas previas a acostarse y dejar al menos dos horas de distancia entre el último bocado y la cama. No se trata de una fórmula rígida, sino de una combinación de hábitos que, sumados a un ambiente oscuro y silencioso, suelen marcar la diferencia entre una noche de sueño reparador y una madrugada de vueltas en la cama.
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