Cuando la crianza propia se cruza en la crianza de los hijos
El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey recorre las huellas invisibles que la infancia deja en los adultos y señala de qué manera reaparecen —a favor o en contra— al momento de criar. Una guía para mirar de frente la cadena familiar sin repetir lo que hizo sufrir.
En la consulta y en la charla cotidiana aparece una y otra vez la misma sospecha: algo de lo que viví de chico se me cuela ahora con mis hijos. No es una sensación caprichosa ni una moda. El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey lo dice con una frase que ordena el debate: «Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos». Esa historia no se hereda en los genes sino en la forma de hablar, de reaccionar frente a un conflicto, de poner límites y hasta en las ideas que circulan en casa sobre el éxito, el dinero y el afecto.
Lo que hay que interrumpir, y lo que no
Hay una distinción que el especialista pide no perder de vista: repetir no es, en sí mismo, el problema. El problema aparece cuando se repite aquello que hizo sufrir y no se lo puede ver. Lo que hace falta interrumpir, precisa McCoubrey, es lo que «maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida». Todo lo demás —los modos, las tradiciones, los gestos de cuidado— puede reaparecer sin que eso sea, en automático, una condena.
Las marcas más difíciles de cambiar suelen ser las menos visibles, justamente porque están tan incorporadas que nunca se cuestionan. McCoubrey las enumera y, al hacerlo, describe un mapa de lo que circula en muchas casas argentinas sin que se le ponga nombre: pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que bajan de una generación a otra como si fueran sentencias. El hilo que las une es la rigidez: la dificultad de tolerar que un niño sienta, piense o necesite algo distinto de lo que el adulto trae aprendido.
“Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Reaccionar al revés tampoco es la salida, advierte el especialista. Quien creció en un entorno rígido puede terminar creyendo que cualquier frustración del hijo es traumática y, en el intento de hacerlo todo lo contrario, caer en una crianza sobreprotegida que tampoco escucha al chico concreto que tiene delante. McCoubrey lo resume así: «Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver». La vara, entonces, no se mide en un punto medio matemático entre lo que se vivió y lo que se quisiera haber vivido, sino en lo que ese hijo, en esa edad, en ese momento, necesita.
Señales de que la propia historia se está metiendo
Una pista útil, según el especialista, aparece en las reacciones desmedidas: una bronca que desborda frente a una pavada, una preocupación que no se calma o la necesidad compulsiva de tener todo ordenado. Son momentos en los que el adulto está respondiendo, en realidad, a una herida vieja y no al hijo que tiene enfrente. Cambiar esos patrones, aclara McCoubrey, no implica prometer que nunca más va a pasar. A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir con palabras: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Lo que la comunidad de lectores nos dejó como pedido en la última encuesta fue, precisamente, más honestidad en el error y menos recetas mágicas: criar, concluye el especialista, se parece bastante a revisar la propia historia con lavalampas y con tiempo.
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