Una serie sobre pilotos que se quebraban en silencio terminó sacudiendo al Senado de Washington
La segunda temporada de "Los ensayos", del creador Nathan Fielder, expuso las grietas del sistema de habilitaciones aeronáuticas en Estados Unidos y empujó dos leyes de salud mental que ya fueron aprobadas por unanimidad en la cámara alta.
A veces uno termina la noche pegado al sillón, con el café ya frío sobre la mesa, y se queda pensando en eso que acaba de ver en la pantalla. Me pasó la semana pasada cuando me senté a mirar, casi de compromiso, la serie de la que todo el mundo empezó a hablar en abril del año pasado en Estados Unidos: "Los ensayos", ese formato raro, incómodo y por momentos desesperante que conduce Nathan Fielder, un creador que tiene la costumbre de meterse en lugares que a la mayoría nos dan vergüenza ajena. Lo que no me imaginaba, mientras miraba el capítulo donde un piloto recibe un diagnóstico dudoso y termina volando un Boeing 737 con actores a bordo, era que esa misma historia iba a terminar dando que hablar en el Senado de mi país, quiero decir, de mi otro país, de ese Estados Unidos que a veces parece tan lejos y otras veces tan cerca.
Porque lo que mostró la segunda temporada de "Los ensayos", y conviene contarlo con todas las letras porque todavía no llegó masivamente a la Argentina, fue algo que cualquier vecino de cualquier pueblo entiende cuando lo escucha de sobremesa: que hay hombres y mujeres que se ganan la vida transportando a cientos de personas por el cielo y que, al mismo tiempo, están transitando cuadros de ansiedad o de depresión que nadie parece querer registrar. La serie tomó como punto de partida una pregunta bastante terrenal: cómo reducir los accidentes de aviación. Y la respuesta a la que llegó, después de meterse en simuladores, en oficinas de la Administración Federal de Aviación y en consultorios médicos, fue por lo menos perturbadora.
Lo que la serie puso en pantalla
- Que pilotos con síntomas claros de ansiedad o depresión podían superar los controles periódicos y ser declarados aptos para volar sin mayores obstáculos.
- Que el propio Nathan Fielder, con un diagnóstico ambiguo en la mano, terminó obteniendo la habilitación para pilotar un Boeing 737 con actores como pasajeros.
- Que el sistema de licencias de Estados Unidos, al menos hasta la grabación del programa, desincentivaba a los pilotos a pedir ayuda profesional por miedo a perder el puesto de trabajo.
Eso que vemos en la pantalla, claro, no nació de la nada. Desde 2024, distintos organismos especializados en salud mental aeronáutica venían pidiéndole a la Administración Federal de Aviación, la famosa FAA, que revisara sus criterios de aptitud. El tema estaba dando vueltas por los despachos, pero no terminaba de translates en proyectos concretos. Lo que cambió el ritmo de las cosas, según reconstruyó la prensa estadounidense, fue la aparición de la serie en abril de 2025: en los meses siguientes, colaboradores de varios congresistas empezaron a citar el programa cuando presionaban a los legisladores para que avanzaran con la reforma pendiente.
Las leyes que ya tienen media sanción
En septiembre, el Senado aprobó por unanimidad dos iniciativas, una por cada partido, orientadas a fortalecer los protocolos de atención psicológica para pilotos y a facilitar que quienes lo necesiten pidan ayuda sin poner en riesgo la licencia. El dato no es menor: cuando la cámara alta vota algo por unanimidad en Washington, es porque el tema ya cruzó las líneas partidarias y se convirtió en causa común. Falta, eso sí, el paso por la Cámara de Representantes, donde todavía no hay fecha cierta para el debate.
“No sé si sirvió de algo, pero me agrada oírlo.”Nathan Fielder, creador de "Los ensayos", consultado por Deadline
Esa respuesta, casi tímida, de Fielder, dice bastante del personaje. El creador se corrió del centro de la escena y dejó que la serie hiciera el trabajo. Y sin embargo, lo concreto es lo concreto: dos proyectos de ley senatoriales llevan hoy el ADN de una producción que empezó como un ejercicio de incomodidad y terminó interpelando a la política real.
Me queda dando vueltas, mientras escribo esta nota en mi escritorio, una reflexión que tira más a la copla que al análisis: a veces las verdades más incómodas no se dicen en un recinto del Congreso ni en un comunicado oficial, sino que se filtran por la pantalla chica, se meten en la cabeza de la gente y terminan volviendo, como un río subterráneo, a la política. Y cuando eso pasa, querido lector, aunque sea por un rato, el aire pesa un poco menos para quienes se suben a un avión con el alma hecha un lío y la licencia colgando de un hilo.
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