Treinta y un años mirando chicos: la receta de un pediatra del Heller que se jubila en enero
Marcelo Sotomayor llegó al Hospital Heller de Neuquén cuando la institución todavía no atendía pacientes y fue parte del equipo que recibió al primer bebé nacido allí. A meses de dejar la profesión, repasa los cambios en la salud infantil y resume las tres recomendaciones que repite en cada consultorio: lactancia, prevención de accidentes y límites firmes con las pantallas.
Desde los primeros días del Hospital Heller de Neuquén, en 1995, hay un nombre que se repite en las historias clínicas y en los pasillos del servicio de pediatría: Marcelo Sotomayor. Aquel año, el médico nacido en 1966 —que llegó al mundo con apenas 1,1 kilo de peso y una prematurez que, según cuenta, selló su destino profesional— se sumó a un equipo que todavía resolvía problemas de infraestructura básica antes de abrir sus puertas a la comunidad. Tres décadas más tarde, con la jubilación prevista para enero después de una prórroga que él mismo pidió, sigue caminando esos mismos pasillos y atendiendo a familias que, en muchos casos, ya son las segundas o terceras generaciones bajo su cuidado.
Una convicción que no cambió en treinta y un años
Sotomayor se formó en la Facultad de Medicina de La Plata, hizo la residencia de pediatría en el Hospital Castro Rendón de Neuquén y recaló en el Heller cuando la institución empezaba a funcionar desde cero. Participó de las primeras semanas operativas, cuando todavía no había nacido ningún paciente en ese edificio, y fue parte del grupo que atendió al primer bebé que vio la luz allí dentro. Con el tiempo agregó la docencia: hoy es instructor de residentes y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue, y varios de quienes fueron sus alumnos ya comparten guardia con él como colegas del mismo servicio. Esa trayectoria, dice, le dejó una certeza que sostiene desde el primer día: la tarea pediátrica empieza mucho antes de que aparezca una enfermedad, y el consultorio sirve sobre todo para anticiparse.
Cuando le pregunto qué les dice hoy a las familias que se sientan frente a él, Sotomayor no duda: enumera tres ejes que atravesaron toda su carrera y que, según asegura, no perdieron vigencia a pesar del cambio de época.
- Lactancia materna exclusiva hasta los seis meses: sigue siendo una de las principales recomendaciones y el punto de partida de cualquier conversación sobre alimentación infantil, porque sus beneficios se sostienen más allá de lo estrictamente nutricional.
- Prevención de accidentes domésticos: las quemaduras y las caídas continúan siendo causas frecuentes de consulta de urgencia en chicos pequeños, y buena parte del trabajo del pediatra consiste en advertir a las familias sobre los riesgos dentro de la propia casa.
- Límites claros con las pantallas: antes de los cuatro años, los dispositivos no deberían usarse, y después de esa edad la supervisión y los tiempos acotados son indispensables, porque el uso descontrolado ya empezó a dejar huellas visibles en la clínica diaria.
En sus tres décadas de especialidad, Sotomayor vio modificarse de manera visible el perfil de los problemas que llegan al consultorio. Cuando se recibió y arrancó a trabajar, la desnutrición era una de las principales preocupaciones de cualquier servicio de pediatría del interior del país. Hoy, explica, ese lugar lo ocupa la obesidad, junto con situaciones vinculadas al consumo de sustancias durante la infancia y la adolescencia. El cambio no significa, aclara, que aquellos problemas desaparecieron: significa que se reconfiguró la urgencia, y que las familias llegan con nuevas preguntas que hace treinta años ni siquiera existían. Sobre el uso de dispositivos, su posición es directa y la repite sin rodeos: "La lactancia materna exclusiva hasta los seis meses sigue siendo una de las principales recomendaciones", señala, y enseguida agrega que "hay que establecer tiempos limitados" para las pantallas, en el convencimiento de que la sobrexposición ya dejó de ser un tema futurista para convertirse en parte del presente de la clínica.
La jubilación de Sotomayor ya debería haber ocurrido en julio pasado, pero él mismo gestionó una prórroga hasta enero para terminar de ordenar algunas cosas y despedirse con tiempo. Dejar el hospital después de treinta y un años no le resulta sencillo, y habla de la decisión con una mezcla de alivio y de esa clase de melancolía que aparece cuando se cierra un capítulo largo. Fuera de las guardias y de las clases, cuenta, encuentra equilibrio en dos pasiones que lo acompañan desde hace años: el jazz, al que se acercó como oyente y hoy disfruta con el detenimiento de quien necesita silencios, y el montañismo, al que define como la mejor contracara de las guardias extendidas. "La actividad al aire libre compensa b", dice cuando la nota lo encuentra a punto de cerrar esta etapa, y deja la frase inconclusa, como si la montaña todavía le estuviera dando la razón. Sotomayor se va, pero las tres recomendaciones —lactancia, prevención de accidentes y límites con las pantallas— quedan instaladas en un hospital que, en buena medida, creció mientras él crecía como pediatra.
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