Pergolini mandó a hacer los soportes en la impresora y ahora el fondo del estudio parece una disquería de colección
El conductor renovó la escenografía de No preguntes por Rusia con una estructura para exhibir vinilos que él mismo fabricó. La selección va rotando emisión tras emisión y ya mostró desde Spinetta hasta una copia japonesa de Nirvana.
A veces uno entra a un lugar y nota que algo cambió antes de poder decir qué es. Dicen que el oído se acostumbra rápido a una radio, pero la vista, no: la vista registra enseguida. Por eso, cuando abrimos la última emisión de No preguntes por Rusia y vimos el fondo del estudio, supimos que Mario Pergolini había vuelto a meter mano. El conductor presentó una estructura nueva pensada para exhibir discos de vinilo, armada con soportes que él mismo fabricó en una impresora 3D, y dejó en claro que la selección de tapa irá cambiando de programa en programa.
La movida llamó la atención de su compañero Nico Etevenaux, que preguntó por la zona cercana a la figura de un Stormtrooper de Star Wars. Tras el intercambio, Pergolini confirmó la idea: “Los vamos a ir cambiando”. Es decir, lo que vemos hoy es apenas una foto de un estado de paso, una postal de una colección en movimiento.
Una grilla que mezcla rock argentino, pop internacional y algunas joyitas
- En la parte alta de la estructura aparecieron Peluson of milk, de Luis Alberto Spinetta, y Fore!, de Huey Lewis & The News.
- Más arriba se sumaron Pink Floyd, Manu Chao y Babasónicos, en una mezcla sin orden cronológico aparente.
- Pergolini destacó también un laserdisc de Prince y una edición japonesa de Nirvana, dos piezas que ya justifican el museo.
En las filas inferiores el recorrido se volvió más federal y más rocker: Catupecu Machu, The Velvet Underground, The Rolling Stones, Los Tipitos y Barry Manilow. Un poco más allá, Los Piojos, AC/DC, Daniel Melingo, La Renga, Foo Fighters, Viejas Locas, Ataque 77 y Fito Páez. La grilla, hay que decirlo, parece armada con la lógica de un disco de la abuela Hilda, que escuchaba a Los Beatles a la mañana y a Fito Páez a la tarde, sin hacerse problemas por las épocas ni por los idiomas.
El resto de la ambientación se mantuvo: paredes oscuras, luces azuladas, una guitarra colgada, una lámpara de pie, un sillón, un mueble con equipos y objetos de colección y, en otra pared, una estantería con discos compactos. Todo dentro del mismo estudio subterráneo desde el que Pergolini emite el ciclo desde el arranque de la temporada 2026, el “sótano prestado” que él mismo describió cuando presentó el espacio y donde, por las limitaciones del lugar, no siempre puede recibir invitados.
Un fondo que se lee como una declaración de principios
Lo interesante de la movida no es la impresora ni el soporte, sino el mensaje: en un año donde los algoritmos recomiendan qué escuchar, Pergolini elige a mano qué tapa va a mirar la cámara. Es una manera de decirnos, sin decirlo, que la música también se expone, se mira y se discute, y que una pared llena de vinilos dice más sobre una persona que cualquier playlist automática. Por eso, la pregunta queda picando entre los oyentes, como un disco rayado que sigue sonando igual: ¿qué tapas de discos elegiríamos nosotros para decorar nuestro propio estudio, si tuviéramos uno y una impresora a mano?
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