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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

La vez que Miyazaki viajó a Suecia buscando a Pippi y volvió con el corazón roto y un archivo lleno de fantasmas

En 1971, el creador de Studio Ghibli quiso llevar a Pippi Calzaslargas a la pantalla con animación japonesa. Astrid Lindgren le dijo que no. Lo que quedó de ese intento se filtró, silencioso, en sus películas siguientes.

MC
Micaela ChoqueCultura y Carnaval · · lectura 4 min
La vez que Miyazaki viajó a Suecia buscando a Pippi y volvió con el corazón roto y un archivo lleno de fantasmas

A mí me gusta imaginar la escena con todo el peso que tiene que haber tenido: un joven Hayao Miyazaki, todavía sin el bigote largo ni el nombre convertido en leyenda, bajando de un tren en una estación sueca con una carpeta llena de bocetos bajo el brazo, caminando por calles empedradas que nunca había visto, mirando los tejados rojos y el mar gris de Visby con esos ojos de dibujante que registran todo antes de entender qué están mirando. Era 1971 y aquel hombre flaco, japonés, había cruzado medio mundo para convencer a una señora sueca de que le prestara a su hija más querida: Pippi Calzaslargas, la nena pelirroja más fuerte del mundo, la que duerme con los pies en la almohada y carga un caballo con un solo brazo.

La historia la cuenta con detalle el libro "Starting Point: 1979-1996", donde el propio Miyazaki repasa sus años formativos. Cuenta que él y su socio de toda la vida, Isao Takahata, acababan de dejar Toei Animation tras el fracaso comercial de "Las aventuras de Hols, el príncipe del sol". Estaban en A-Pro, un estudio chico que el productor Yasuo Otsuka había armado para hacer cosas distintas a la televisión de encargo. Y la idea que los encendió fue, justamente, animar a Pippi.

Una oportunidad distinta, no otro episodio más

Lo que los entusiasmaba no era el personaje en sí, sino lo que representaba como desafío. "Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión", recordó Miyazaki muchos años después. Takahata, que era el intelectual del dúo, iba más allá: decía que los libros de Astrid Lindgren dinamitaban la tradición de la literatura infantil europea, esa costumbre de mostrar a los chicos como pequeños ciudadanos a corregir. Pippi era lo contrario: una criatura que nadie podía domesticar, ni los adultos ni la policía ni la modista que la quiere convertir en una nena prolija.

Por eso Miyazaki se tomó el trabajo en serio. No fue un mail ni una llamada: se subió a un avión y se plantó en Suecia. Visitó Visby, la ciudad medieval de la isla de Gotland, porque las novelas de Pippi están ambientadas ahí, en una Suecia un poco de cuento de hadas, un poco de verano eterno. Aquel viaje le cambió, además, la imagen que tenía de Europa: ya no era el continente de los libros de historia sino un lugar de calles angostas, muros amarillos y bicicletas tiradas contra las paredes.

Pero cuando se sentó frente a Astrid Lindgren a pedirle los derechos, se encontró con la pared más gruesa que podía haber imaginado. La autora no estaba dispuesta. Tenía un motivo fuerte: en 1949 se había hecho una adaptación cinematográfica de Pippi que a ella no le había gustado nada. El recuerdo le había dejado la piel tirante. Y, según los relatos que circulan entre los investigadores del caso, la escritora sospechaba además que la animación japonesa era demasiado violenta para sus historias, pensada para chicos que no necesitaban ver sangre para emocionarse.

Lo que quedó del intento

Miyazaki volvió a Japón con las manos vacías pero con la carpeta llena. Bocetos, apuntes, croquis de casas, estudios de los movimientos de la nena pelirroja. Todo ese archivo no se perdió. Buena parte se filtró, casi sin querer, en el siguiente proyecto que hizo con Takahata: el mediometraje "Las aventuras de Panda y sus amigos" (1972), una película pequeña, casi experimental, que Miyazaki escribió y Takahata dirigió. La protagonista, una nena traviesa y pelirroja llamada Mimiko, tiene la edad de Pippi, la misma lengua filosa, la misma libertad de movimiento por el pueblo, la misma costumbre de desafiar a los adultos con una sonrisa de oreja a oreja. Es Pippi de nuevo, pero con otro nombre, como una prima hermana que la pelirroja sueca no llegó a conocer.

El filme tuvo una secuela al año siguiente, y la influencia no se cortó ahí. Dieciséis años más tarde, cuando Miyazaki se sentó a dibujar "Nicky, la aprendiz de bruja" (1989), basada en una novela de la escritora británica Mary Norton, volvió a abrir los apuntes de aquel viaje a Suecia. Los paisajes europeos que había registrado en Visby, con sus callejones medievales y sus mares fríos, se colaron en la ambientación de la película. Aquella negociación fallida terminó siendo, sin que nadie lo planeara, un ladrillo en el muro de su obra futura.

“Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión.”Hayao Miyazaki

Yo, cada vez que paso frente a una pantalla que muestra el inicio de "Nicky, la aprendiz de bruja" y aparece esa ciudad costera europea con sus techos rojos y su viento, pienso en lo mismo: cuántas veces en la vida uno trabaja en algo que no sale, y sin embargo ese algo sigue latiendo adentro de todo lo que viene después. A veces lo que no nos dejan hacer es lo que termina dándole forma a lo que sí nos dejan. Como diría la abuela de cualquier pueblo del carnaval, con su mate tibio y su voz de cantora: lo que la vida te niega, te lo devuelve hecho canción.

MC
Micaela ChoqueCultura y Carnaval

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