El Castillo no cierra con un final feliz porque el sistema no se jubila: lo que nos contaron Isabel Peña y Eduardo Villanueva
La dupla de guionistas de Antidisturbios vuelve a ponerse al frente de una historia cruda: esta vez le ponen el cuerpo a la trata de personas y le hablan al espectador sin anestesia. Hablamos de por qué el último capítulo no consuela a nadie, de qué manera evitaron romantizar a las víctimas y a los victimarios, y de esa imagen que se queda dando vueltas en la cabeza mucho después de que se apaga la pantalla.
Me acuerdo de la primera vez que vi el nombre de Mabel Lozano asociado a una ficción. Pensé que era una jugada brava: llevar a la pantalla un libro de no ficción como El proxeneta, que es una investigación periodística sobre la trata con fines de explotación sexual en España, y encima pedirle el guion a Isabel Peña y Eduardo Villanueva, los mismos que firmaron Antidisturbios. El Castillo ya está disponible completa, con sus seis episodios, y cuando uno termina de verla la sensación que le queda es la de un mazazo lento, calculado, que no termina de soltar ni cuando aparecen los créditos finales.
Por eso me pareció tan importante sentarme a escuchar lo que tenían para decir los guionistas. Y lo que cuentan, lejos de cualquier celebración, es una declaración de principios. Peña fue al hueso desde el arranque: 'No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos', dijo, y esa frase sola explica una parte enorme del ADN de la serie. Hay un trabajo consciente por mostrar a las chicas de a una, con sus contradicciones, con sus modos de sobrevivir dentro de un infierno, sin caer en esa tentación berreta del drama que estetiza el sufrimiento.
Un final que no consuela porque no tiene por qué consolar
La pregunta del millón, claro, es por qué el final es como es. Villanueva lo tiene clarísimo y lo explica sin rodeos: 'La serie habla de un sistema, y el sistema está por encima de los individuos y de las cosas concretas que sucedan'. Por eso el cierre muestra al Suizo, interpretado con una frialdad que hiela la sangre, siguiendo con su actividad, como si nada hubiera pasado. La escena replica, casi espejada, al comienzo de la historia, y ese loop es a propósito.
'Había una cosa de querer contar que esto ha pasado, pasa y va a seguir pasando', agregó Villanueva, y ahí se entiende la decisión. No hay gato encerrado ni rebuscada interpretación: la trata no se jubila con un capítulo. Es una maquinaria que se reacomoda y sigue, y la serie se niega a darle al espectador el placebo del castigo final, del cierre con música emotiva y de la sonrisa a cámara.
Claudia, el Suizo y los investigadores: tres destinos que tampoco vienen con moño
Ahora, ojo: que no haya final feliz no significa que no haya escapatoria. Peña se detiene especialmente en el arco de Claudia, la inmigrante colombiana a la que le pone el cuerpo Valentina Vidal, y marca una diferencia clave. 'Aunque no hay un final feliz en sentido convencional, sí existe una salida concreta para ella: la posibilidad de permanecer legalmente en el país y ganarse la vida', explicó. Y remata: 'Claudia ha conseguido lo que se ha propuesto y lo que en este momento también se ha ganado'.
En criollo: Claudia no gana una batalla épica contra el sistema, pero se gana el derecho a laburar y a estar en regla. Es un triunfo chiquito, terrenal, casi íntimo, y por eso a mí me parece uno de los finales más honestos que vi en una serie en mucho tiempo. El premio no es la venganza ni la épica, es la posibilidad de empezar de nuevo sin la soga al cuello.
Y después está la otra pata: los investigadores, los que están del otro lado de la lupa, interpretados por Omar Ayuso y Laia Marull. Peña reconoce que su cierre tampoco es el de una película de Hollywood. Vuelven a su lugar de siempre, sí, pero ya no son los mismos. Tanto Claudia como el Suizo les cambiaron la mirada, y eso es lo que se llevan puesto. Es un final de los que muerden para adentro, de los que te dejan pensando varios días.
- Glamourización cero: Peña fue tajante al pedir que las mujeres no fueran una masa informe de víctimas ni de cuerpos perfectos en cuadro.
- Sistema arriba de todo: Villanueva entendió que mostrar a un victimario detenido sería falsear la realidad, porque la trata es una estructura que se reacomoda.
- Claudia, un final posible: la protagonista no vence al sistema pero se gana la posibilidad de quedarse en el país y trabajar en regla.
- Los investigadores también cambian: aunque cada uno vuelve a su sitio, nadie sale indemne de lo que vio y de lo que aprendió.
- La imagen que cierra: el Suizo sigue en actividad, en una escena que espeja con el inicio y deja al espectador sin red.
Mientras escribo esto, me sigue resonando una idea de Villanueva que me parece la mejor síntesis de lo que buscaron. Decía que la serie no cuenta la historia de tal o cual persona, sino la de un sistema. Y los sistemas no lloran, no se arrepienten, no se jubilan. Por eso El Castillo termina como termina: con la puerta entreabierta, con la certeza de que lo que vimos en seis capítulos ya estaba pasando ayer, está pasando hoy y va a seguir pasando mañana. No es un final feliz. Es un final verdadero, que es bastante más difícil de conseguir.
Ahora bien, lo que a mí me queda dando vueltas, y se los dejo como pregunta para que la rumien en la mesa, en el colectivo o mientras se hacen un mate, es esto: cuando una serie elige no consolar, ¿nos está respetando como espectadores o nos está dejando a la intemperie? Yo creo que las dos cosas, y que justamente ahí está la grandeza de El Castillo. Pero me gustaría leer qué opinan ustedes, porque una nota de esto no se termina de escribir sin la voz de quien la mira.
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