Dos pueblos fantasmas de Burgos se convierten en el escenario más amargo de La bola negra
Castil de Carrias y Loranquillo, aldeas deshabitadas que el tiempo dejó a medio camino entre el olvido y la ruina, fueron elegidas por Javier Calvo y Javier Ambrossi para rodar las secuenciasambientadas en la Guerra Civil de su nueva película. La locacionista Clara Salvador fue la encargada de encontrar esa atmósfera que ningún decorado podía fabricar.
Todavía lo pienso cada vez que paso cerca de un pueblo donde ya no vive nadie. Me detengo, miro las ventanas sin cortinas, las macetas con yuyos, la puerta de la escuela que un día cerró y no volvió a abrir. Y me imagino a los últimos vecinos guardando lo poco que podían cargar y dejando atrás el resto: una botella en el estante, una mecedora, un cuaderno con los deberes a medio hacer. Por eso, cuando supe que los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi habían elegido dos pueblos abandonados de la provincia de Burgos para rodar las escenas históricas de La bola negra, sentí que la decisión tenía algo de inevitables, como si esas ruinas estuvieran esperando desde hace décadas a que alguien las usara para contar una historia sobre la memoria y sobre lo que el tiempo borra sin pedir permiso.
La película necesitaba edificios parcialmente derruidos para recrear la Guerra Civil sin tener que construir decorados desde cero ni después demolerlos. Y la responsable de localizaciones, Clara Salvador, se recorrió la provincia hasta dar con dos aldeas que ofrecían exactamente eso: una destrucción auténtica, acumulada durante décadas, que no necesitaba intervención artística para transmitir el peso del abandono. Esos dos pueblos son Castil de Carrias y Loranquillo, ambos dentro del municipio de Belorado, y durante el rodaje permanecieron cerrados al público.
Castil de Carrias, el pueblo que se fue apagando de a poco
Castil de Carrias es un antiguo núcleo rural situado a unos diez kilómetros de Belorado, con historia documentada desde al menos el siglo XII. A mediados del siglo XIX llegó a superar los 240 habitantes, pero el éxodo rural fue vaciando sus calles a lo largo del siglo XX. En 1950 aún vivían allí 178 personas, en 1970 quedaban 59, y el pueblo sobrevivió en ese estado reducido hasta 1994, cuando murió Florentino González Sáez, considerado su último vecino. Hoy siguen en pie la iglesia de Santa María, con evidencias claras de deterioro y expolio, una antigua escuela, una taberna con botellas todavía visibles en los estantes, utensilios domésticos dispersos por las habitaciones y hasta vehículos oxidados que el óxido fue convirtiendo en parte del paisaje.
Loranquillo y la ruta que une a los tres pueblos
A pocos kilómetros de allí se encuentra Loranquillo, otro núcleo despoblado que fue integrado al municipio de Belorado durante los años setenta. Sus últimos habitantes se marcharon en la década de 1990. El conjunto de Castil de Carrias, Loranquillo y Quintanilla forma una ruta de senderismo de 22 kilómetros por la que se puede recorrer a pie la historia reciente del despoblamiento rural en esa zona de Burgos.
- El rodaje en Castil de Carrias arrancó el 25 de agosto de 2025 y durante las jornadas de filmación los dos pueblos permanecieron cerrados al público.
- Calvo y Ambrossi no buscaban solo la imagen de las ruinas, sino la sensación de una vida interrumpida sin que nadie terminara de recoger sus cosas, un detalle con peso propio dentro de la película.
- La historia que cuenta La bola negra gira en torno a la memoria, la violencia y lo que el tiempo borra, y encontró en esos escenarios reales una materia prima que ningún plató puede improvisar.
Mientras leía los detalles del rodaje me acordé de una abuela que conocí en el norte de Burgos hace ya varios veranos, doña Carmen, que me decía mientras señalaba una casa sin techo en lo alto de un cerro: ahí vivíamos cuatro hermanos, mi padre y mi madre, y un día nos fuimos todos y la casa se quedó esperando. Castil de Carrias y Loranquillo son hoy, en cierto modo, esa casa esperando. Y lo que hicieron los directores fue, simple y profundamente, dejarla hablar. Como me dijo una vez un músico de la comparsa de mi pueblo, cuando uno deja que las cosas cuenten su propia historia, no hace falta adornar nada: alcanza con escuchar. Por eso me quedo pensando que La bola negra no necesitaba decorados: necesitaba que alguien encendiera la cámara en el lugar justo, en el momento justo, para que esas piedras devolvieran todo lo que guardan desde hace años. Y eso, para mí, es lo más parecido a una copla que el cine puede llegar a cantar.
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