Damon Lindelof rompe el mito: lo que pasó en la isla de Perdidos fue real y los flash sideways son otra cosa
A más de quince años del final de la serie, su cocreador despejó la duda que persiguió a los fanáticos durante años: la isla no fue el purgatorio, los eventos allí ocurrieron de verdad y la línea narrativa paralela donde el avión no se estrella tiene una explicación ligada a un antiguo texto budista.
Te confieso algo antes de arrancar: todavía me acuerdo de la noche que vi el último capítulo de Perdidos, allá por 2010, con el living a oscuras y un termo de mate al lado que se enfrió sin que nadie lo tocara. Cuando la pantalla quedó en negro después de que Jack cierra los ojos, me quedé un rato largo con la mirada clavada en el televisor, intentando digerir todo lo que acababa de ver. Como tantos otros argentinos que se engancharon con la serie cuando la emitía Canal 13, salí de ese capítulo final con una pregunta que me persiguió durante más de una década: lo que habíamos visto durante seis temporadas, ¿había pasado de verdad o todo había sido un truco, una especie de purgatorio disfrazado de isla perdida en el Pacífico? Bueno, hace poco me topé con la respuesta definitiva y la trae nada menos que Damon Lindelof, uno de los dos cerebros creativos detrás de la ficción, junto a J.J. Abrams. La teoría más popular entre los fans —esa que sostiene que la isla era el purgatorio y que ninguno de los eventos que vimos durante seis temporadas ocurrió en la realidad— queda oficialmente desmentida. Y la explicación, créanme, es mucho más interesante que el mito.
Lo que pasó en la isla fue real, punto
La posición de Lindelof es tajante y la repitió en más de una entrevista: en el último fotograma de la serie, Jack cierra los ojos y muere. Ese momento pertenece al relato principal, al hilo de lo que efectivamente sucedió. En otras palabras, todo lo que vimos en Oceanic 815 cayendo, en la playa, en las escotillas, en las escaramuzas con Los Otros, en el hundimiento de la isla y en su regreso al final, ocurrió. Absolutamente. Al cien por cien, como dijo el propio Lindelof. La Iniciativa Dharma fue real, la isla fue real, y al terminar la serie, Hurley y Ben continuaban operando allí, como se vio en la escena final con el Ben adulto entrando a la cueva.
Lo que no fue real, lo que nunca sucedió, es esa línea narrativa paralela de la sexta temporada conocida como flash sideways, esa dimensión donde los personajes no se conocen entre sí, donde Jack tiene un hijo con Kate y tiene a su padre vivo, y donde el vuelo 815 de Oceanic nunca se estrella. Ese universo alternativo no fue una paradoja temporal ni un escenario de ¿qué hubiera pasado si...? Fue otra cosa: la experiencia de los personajes después de la muerte. Y acá viene el giro más jugoso de toda la explicación.
La influencia del Libro tibetano de los muertos
Para resolver cómo contar qué le pasaba a Jack después de morir, los guionistas apelaron a un texto milenario: el Bardo Thodol, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos. El concepto del bardo describe, según le explicó el propio Lindelof a distintos medios, un estado intermedio en el que una persona muere pero no sabe que está muerta; nadie puede decírselo, aunque puede recibir señales. La frase del creador lo resume con una claridad que da gusto leerla textual: La idea de bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabes que estás muerto. Nadie puede decírtelo.
A partir de ese concepto, la sexta temporada construyó ese purgatorio personal, por decirlo de algún modo, donde los protagonistas iban reencontrándose de a poco. La idea fue que cada personaje, al cruzar la línea, despertara en ese plano sin saber que había muerto, e iba tomando conciencia al reencontrarse con los otros y al recordar cosas que en esa realidad alterna nunca habían vivido juntos. De ahí las reuniones en la iglesia, los diálogos con un John Locke que se levanta de la silla de ruedas, la reconciliación final entre Jack y su padre Christian. Todo eso fue el bardo, no la isla.
La decisión de usar este recurso se tomó entre la tercera y la cuarta temporada. Los guionistas sabían desde temprano que la serie cerraría con la muerte de Jack: la simetría entre el ojo que se abre en el piloto y el ojo que se cierra en el final les parecía la conclusión correcta. El desafío era cómo mostrar lo que le pasaba al personaje después. Para que el recurso no resultara obvio desde el principio, los guionistas introdujeron los viajes en el tiempo al final de la cuarta temporada y construyeron toda la quinta sobre esa base. La intención era que el público interpretara los flash sideways como una paradoja temporal hasta que los propios personajes, al recordar sucesos que en esa línea nunca vivieron, forzaran la pregunta inevitable: ¿cómo pueden recordar algo que nunca les pasó? Esa pregunta, dicen los creadores, era la llave para que el espectador entendiera de qué se trataba realmente ese universo paralelo.
Por qué la teoría del purgatorio se enquistó tanto
Así que ya lo sabés, querido lector: la próxima vez que alguien te diga que todo Perdidos fue un sueño, una alucinación colectiva o, peor todavía, un sermón religioso disfrazado de drama de supervivencia, podés sacarte de encima esa discusión con un par de citas del propio Lindelof y, si te animás, con el nombre del texto budista que les dio el puntapié inicial. La isla fue real, los personajes murieron (la mayoría, al menos) y lo que vimos después de la muerte fue, técnicamente, una adaptación libre del concepto de bardo. Algo así como un regalo póstumo que los guionistas nos dejaron para que siguiéramos debatiendo una década y media después. Y eso, viste, también es parte del encanto de Perdidos: una serie que sigue dando que hablar mucho después de que la pantalla se quedó en negro. Como me dijo una vez mi abuela Lucía, fanática de la serie hasta el final: mientras haya un misterio por resolver, la isla no se terminó de hundir nunca.
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