Cuando la visita del psicoanalista se convierte en un diván de tres patas y una pregunta al aire
Gabriel Rolón pasó por Otro día perdido y, sin proponérselo, se encontró con un ping-pont de reclamos cruzados entre Evelyn Botto, Mario Pergolini y Soy Rada: besos no dados, seguidos que se caen en Instagram y nombres que nunca terminan de quedar. Una nota de Micaela Choque, Cultura y Carnaval.
Me pasó mil veces, y me sigue pasando, sentarme a mirar un programa de televisión esperando una entrevista y terminar presenciando una sesión de terapia grupal con público incluido. Esta vez fue en Otro día perdido, el ciclo que Mario Pergolini conduce con Evelyn Botto y Agustín Aristarán, más conocido como Soy Rada, y la visita de Gabriel Rolón, en lugar de ser una charla académica sobre el alma humana, se fue transformando, nota a nota, en un intercambio de reclamos cariñosos disfrazados de broma, como esos reproches que uno le hace a un compañero de oficina pero con una sonrisa cómplice de fondo.
El detonante fue casi una pavada: Aristarán le ofreció a Rolón ubicarse entre él y Botto, y la sola elección de asientos le disparó a Pergolini la primera pregunta de la noche. A partir de ahí, el diván se abrió para todos y dejó de ser unipersonal. La locutora tomó la palabra y, con ese tono entre inocente y filoso que tiene cuando se sube al ring, preguntó cuánto tiempo más iban a seguir tratándola como la nueva del grupo después de un año de compartir aire, cámara y café.
El nombre equivocado y el beso que no llega
Evelyn Botto contó que, con frecuencia, Pergolini la llama Layla en lugar de Evelyn, un error que al conductor no le cuesta nada admitir pero que a ella le sirve como combustible humorístico. Botto también puso sobre la mesa otro detalle que parece mínimo y que sin embargo dice bastante: dijo que su conductor no suele saludarla con un beso. Rolón, que había entrado como invitado y se estaba convirtiendo en árbitro, le respondió con una observación que sonó a clase express: cada uno tiene su manera de vincularse y de demostrar afecto, y no hay una sola forma correcta. Después, con una media sonrisa, completó la idea señalando que Soy Rada tampoco acostumbra a dar besos al saludar.
“Yo le preguntaba al psicoanalista y él iba contestando, pero en el medio aparecían los tres diciendo cosas, era un ida y vuelta constante.”Espíritu de la emisión
El humorista, lejos de quedar fuera del juego, tomó la pelota y la mandó al área de Pergolini desde otro ángulo. Le recordó que el conductor había dejado de seguirlo en Instagram y, para sumar ironía al asunto, contó que el propio Mario le había anunciado esa decisión mientras estaban juntos, como quien avisa que va a cortar el gas. Para Aristarán, que Pergolini figurara entre sus seguidores tenía un valor que iba mucho más allá del clic: era, dijo, una especie de carta de presentación frente a terceros, un sello que dice 'yo estoy con gente pesada'. Pergolini, lejos de retroceder, justificó la decisión con una honestidad casi confesional: las publicaciones frecuentes de su compañero le resultaban, textual, aburridas. Soy Rada le devolvió la gentileza con un planteo lógico, del tipo 'si te aburría, ¿por qué no la silenciás?', y dejó flotando la pregunta sobre qué significa realmente dejar de seguir a alguien. Rolón, otra vez en su papel de psicoanalista metido en una cocina ajena, preguntó al aire si ese gesto tan pequeño no termina diciendo algo más grande sobre el vínculo entre los dos.
La pregunta del final y el diván que se cierra
Más tarde, ya instalado como si fuera uno más del equipo, Pergolini le preguntó a Rolón si el objetivo de una terapia grupal es, simplemente, que todos se lleven bien. El psicoanalista le contestó que depende de cada situación y le devolvió una pregunta que sonó a diagnóstico exprés: le preguntó si se trataba de compañeros que debían seguir trabajando juntos. La respuesta fue un silencio cómplice de los tres, de esos que valen más que cualquier monólogo. Antes de que Rolón se pudiera sentar cómodo, Aristarán cerró con un nuevo reclamo en tono de broma sobre el trato que recibía y las actividades que le proponían, y Pergolini, con esa mezcla de hastío y cariño que lo caracteriza cuando el juego se le va de las manos, dio por terminada la dinámica y, como quien guarda los cubiertos antes de que se rompa un plato, retomó la entrevista original.
Lo que me quedó dando vueltas, mirando la escena desde el living de casa, es una pregunta que va mucho más allá de la pantalla y de estos tres compañeros: qué lugar le damos al humor en la convivencia laboral, sobre todo cuando compartir ocho horas de aire se vuelve, a la vez, motivo de orgullo y de disputa. A veces, un nombre equivocado, un seguimiento caído en Instagram o un beso que no llega son la manera que encuentra la gente para decirse, sin decirlo del todo, 'me importa lo que pasa entre nosotros'. Y así, mientras el psicoanalista trataba de ordenar las ideas, el programa terminó funcionando, sin querer, como esa mesa de café donde las cosas se dicen al pasar y donde, al final, siempre suena una copla.
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