La película turca que te hace recorrer la estepa de noche en busca de un muerto que nadie sabe dónde quedó
Nuri Bilge Ceylan convierte un punto de partida policial en una de las experiencias más contemplativas del cine contemporáneo: dos horas y media de polvo, silencio y humanidad derramada en el corazón de Anatolia, disponibles en la plataforma Filmin.
Tengo que confesarles algo antes de arrancar: la primera vez que escuché hablar de Érase una vez en Anatolia pensé que me iban a recomendar otra cosa. Una película turca de dos horas y media que empieza con un fiscal, un médico forense y un puñado de policías saliendo de noche a recorrer el campo con dos sospechosos que no recuerdan dónde enterraron a su víctima me sonaba, en principio, a una propuesta demasiado densa para una noche cualquiera. Pero acá me tienen, varios días después de haberla visto, todavía dándole vueltas a una escena en la que no pasa casi nada y, sin embargo, pasa todo. Esa es la clase de película que es Ceylan, y de eso quiero conversar con ustedes en esta nota.
El punto de partida es casi minimalista, como decía recién: una comitiva policial se interna en las estepas turcas con el asesino y su cómplice, guiada por las indicaciones vagas de dos hombres que estaban borrachos cuando cavaron la fosa. Lo que sigue no es una persecución ni un thriller convencional con pistas encadenadas, sino una travesía larga, polvorienta y profundamente frustrada por paisajes que parecen extenderse hasta donde termina el mundo. La tensión no nace de los giros del argumento sino de algo más sutil y, a la larga, mucho más poderoso: de la acumulación lenta de humanidad rota que va asomando entre los diálogos, los silencios y las caras iluminadas por los faros del vehículo.
Un director que prefiere detenerse donde otros cortan
Ceylan es un cineasta conocido por un ritmo pausado y por una observación rigurosa de lo cotidiano, y en esta película lleva esa marca hasta un extremo que a algunos espectadores los incomoda y a otros, entre los que me incluyo, nos recompensa con creces. La duración no se justifica por una trama enmarañada sino por una mirada que elige quedarse en los detalles que otros filmes suelen pasar por alto: una pausa antes de hablar, una luz que aparece a lo lejos en la línea del horizonte, el cansancio que se le va instalando en el rostro a un personaje que lleva horas sin dormir.
- La oscuridad del campo turco funciona menos como decorado y más como estado de ánimo: el viaje se vuelve introspección compartida.
- Las conversaciones parecen triviales en la superficie, pero van sumando peso a medida que avanza la noche y el cuerpo no aparece.
- La angustia que construye Ceylan no es la del suspenso clásico sino algo más cercano al agotamiento existencial, al de personas que conviven a diario con la muerte y van perdiendo la capacidad de mirarse entre sí.
- El ritmo es deliberadamente lento: quien espere aceleración va a sentir el peso de las dos horas y media; quien acepte las condiciones del filme va a encontrar algo distinto, algo que se queda pensando días después.
La película obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y es considerada una de las obras centrales del cine turco contemporáneo, un dato que a esta altura a nadie que siga de cerca el cine de autor le sorprende. Para quienes quieran acercarse, está disponible en la plataforma Filmin, lista para acompanar una noche de esas en las que uno tiene tiempo y ganas de dejarse llevar por un paisaje que no es el nuestro pero que, por alguna razón que cuesta explicar, termina hablando de nosotros.
Yo me quedé dando vueltas un buen rato con la pregunta que me dejó puesta Ceylan, y que ahora les traslado a ustedes tal como me llegó: ¿ustedes prefieren el thriller que los mantiene al borde del asiento, con el corazón en la boca hasta los créditos finales, o el que los deja pensando varios días después, caminando más lento, mirando las cosas con otros ojos? Si se animan, cuéntenme en los comentarios cuál de los dos les gana el corazón, porque a mí, sinceramente, Anatolia me ganó el mío. A veces la mejor manera de contar un crimen es haciendo que la noche no termine nunca.
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