Cinco veces en una semana por un esmoquin mugriento: Tarantino y la obsesión que lo marcó antes de ser Tarantino
El director reveló que vio “Fandango”, la ópera prima de Kevin Reynolds, cinco veces en su estreno de 1985. Un viaje por el desierto, un traje sucio y una amistad que cambió la historia del cine y del western.
Te voy a confesar algo antes de arrancar a contar esta historia: yo era de las que nunca había escuchado nombrar “Fandango” hasta que me crucé con la entrevista de Quentin Tarantino en Vanity Fair. Y cuando leí que el tipo que después firmó “Reservoir Dogs” y “Pulp Fiction” había ido cinco veces al cine a ver una película que en su semana de estreno juntó 91.000 dólares en todo Estados Unidos, sentí que había encontrado una de esas historias de bautismo cinéfilo que vale la pena contar como se cuentan alrededor de una mesa, con el mate y la paciencia de quien sabe que lo importante llega despacio.
Una road movie de graduación que casi nadie vio
“Fandango” se estrenó en 1985 con Kevin Reynolds como director y guionista, y con un Kevin Costner que todavía no era el Kevin Costner de “Bailando con lobos” ni de “El guardaespaldas”. La película cuenta lo de siempre y lo que nunca falla: cinco amigos que en 1972, el día de su graduación en una universidad texana, se mandan un viaje por carretera cruzando el desierto como despedida de la juventud antes de que la vida adulta les pase por encima. Lo que la hacía distinta era el tono: una mezcla de coming of age, humor ásculo y western crepuscular que no encajaba del todo con lo que Hollywood estaba empeñado en producir en esa mitad de los ochenta.
El resultado en la taquilla fue prácticamente nulo: 91.000 dólares en su semana de estreno. Un número que, comparado con cualquier blockbuster de la época, suena casi a broma. Pero como tantas veces pasa con las películas que nacen fracasadas, el boca a boca fue haciendo su trabajo lento durante años y “Fandango” se fue convirtiendo, de a poco, en objeto de culto para quienes la descubrían en videoclub o en un pase de canal de cable.
La frase de Tarantino que lo dice todo
“La señal de un actor realmente genial es que, después de ver su actuación, quieres actuar como él. Quería vestirme como Kevin Costner. Empecé a hablar como Kevin Costner. Quería ponerme un esmoquin mugriento y dormir y orinar y vomitar y beber y sudar en un coche cruzando el desierto. Hizo que un esmoquin mugriento parezca lo más guay del mundo.”Quentin Tarantino, en entrevista con Vanity Fair
Cuando leí esa frase, la verdad, me quedé un rato con la mirada perdida. Porque Tarantino no es un director que se caracterice precisamente por la moderación verbal, pero acá hay algo más: hay un tipo que está reconociendo, con todas las letras, que esa película le cambió la cabeza. Que lo empujó a querer contar historias en movimiento, con personajes sucios y poéticos a la vez. Que esa imagen de Costner con un esmoquin arruinado atravesando el desierto se le metió en el cuerpo antes de que existieran Reservoir Dogs ni Mr. Blonde.
Reynolds, Costner y la historia de un encuentro que les cambió la vida a los dos
Tarantino, en los años noventa, fue todavía más lejos: llegó a presentar a Kevin Reynolds nada menos que como el Stanley Kubrick de su generación. La profecía, como tantas profecis del mundo del cine, no se cumplió del todo. Reynolds siguió trabajando, sí, pero sobre todo asociado a Costner: lo dirigió en “Robin Hood, príncipe de los ladrones” (1991), el exitazo con Morgan Freeman y Alan Rickman, y después en “Waterworld” (1995), esa megaproducción con plataforma petrolero que se hizo famosa por sus problemas de rodaje y por las peleas entre director y estrella, que después se amigaron como se amigaron todos los que trabajaron con Costner en esa etapa, incluido Kevin.
- 1985: Kevin Reynolds debuta como director con “Fandango”, escrita y protagonizada por Kevin Costner. La película recauda 91.000 dólares en su semana de estreno en Estados Unidos.
- Década del 90: Tarantino declara a Reynolds como el futuro Stanley Kubrick de su generación.
- 1991: Reynolds y Costner repiten equipo en “Robin Hood, príncipe de los ladrones”.
- 1995: Vuelve a dirigirlo en “Waterworld”, rodaje con fricciones que luego se resolvieron.
- 2012: Reynolds y Costner coinciden otra vez en la miniserie “Hatfields & McCoys”. El compromiso hace que Costner rechace un papel que finalmente queda en manos de otro actor en “Django desencadenado” (2012), el western de Tarantino.
Hay un detalle que me parece particularmente hermoso y que me resisto a no mencionar: el compromiso de Costner con “Hatfields & McCoys” fue lo que lo llevó a rechazar un papel en “Django desencadenado”. O sea que la conexión Costner-Reynolds-Tarantino termina cerrando un círculo inesperado: el pibe que se quiso vestir como Costner en “Fandango” no pudo tenerlo en su película más westernea, justamente por la culpa del director que lo había lanzado al estrellato. Son esos pequeños desajustes del destino que a mí, personalmente, me reconcilian con la idea de que el cine es un organismo vivo, no una cadena de montaje.
“Fandango” sigue hoy donde siempre estuvo: en el rincón de las películas de culto que sobreviven más por recomendación de un amigo, de un crítico o de un director obsesivo que por campaña de marketing. No la vas a encontrar fácilmente en el cable ni en el algoritmo de ninguna plataforma, pero si te cruzás con ella en un videoclub de barrio, en un ciclo de cine de carretera o en una noche de insomnia, dale play sin pensarlo dos veces. Y si te pasa como a mí, que la termine buscando en todos los formatos posibles después de leer a Tarantino, recordá que la viste gracias a un pibe que hace cuarenta años decidió ir cinco veces al cine a ver la misma película en una semana. Que no es poca cosa, te lo aseguro.
Porque a veces las óperas primas no nacen con platea llena, sino con alguien que se enamora en la butaca y después se pasa la vida tratando de devolver esa emoción. Como me dijo una vez la abu Lucía, que en paz descanse, mientras mirábamos juntos “Danzón” en el canal 7: las películas importantes no te esperan en la marquesina, te esperan en el corazón de quien las descubre primero. Y después, con el tiempo, encuentran al resto.
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