Sergio se queda: viaje íntimo al corazón de la Cuba que se transformaba bajo sus pies
La película de Tomás Gutiérrez Alea cruza la historia de un escritor que observa los cambios de la Revolución sin sumarse a ellos, con imágenes de archivo y recuerdos que desordenan el tiempo
Me acuerdo de la primera vez que vi a Sergio caminar por el Malecón y supe que algo de mí se iba a quedar ahí, varado como él frente al mar, mirando cómo el mundo se daba vuelta sin pedir permiso. Esa imagen me volvió a la cabeza mientras revisaba la historia de Memorias del subdesarrollo, la película que el cubano Tomás Gutiérrez Alea escribió y dirigió en 1968, y que sigue interpelando a quien se anime a mirarla con tiempo y un poco de paciencia. Porque la propuesta de Alea es de esas que conviene sentarse a ver como quien se sienta a escuchar a una abuela que sabe mucho: sin apuro, dejando que las cosas vayan llegando.
El punto de partida es sencillo y, al mismo tiempo, enorme. Cuando toda su familia decide marcharse a Miami, Sergio elige quedarse. Es un escritor que está acostumbrado a una vida cómoda y que atraviesa los cambios de la Revolución Cubana sin una militancia clara que justifique su decisión. Lo que lo sostiene ahí no es una bandera ni un manifiesto: es una mezcla rara de hastío, de costumbre, de incapacidad para imaginarse en otro lugar. Y esa indecisión, esa falta de convicción política explícita, es justamente lo que vuelve al personaje tan interesante, porque lo pinta de una manera poco habitual en el cine revolucionario.
Mientras Sergio observa lo que pasa a su alrededor, la película muestra también cómo arma sus vínculos sentimentales. No busca parejas que le discutan, sino mujeres a las que puede moldear a su manera: intenta cambiarles los gustos, intervenir en su formación intelectual,arles hasta la apariencia. Es un rasgo egoísta, casi cómico, que Alea registra sin juzgarlo demasiado, como quien deja que el espectador saque sus propias conclusiones sobre ese tipo de hombre que cree saber más que todas las mujeres que se le cruzan.
Un relato que salta en el tiempo y se cruza con la historia grande
La estructura de la película tampoco ayuda a quien busca una historia ordenada. Alea arma un rompecabezas: salta hacia el pasado, vuelve al presente, intercala reflexiones del protagonista y suma imágenes de noticiarios que registran hechos reales, entre ellos la Crisis de los Misiles de 1962. Así, la experiencia íntima de Sergio se alterna con acontecimientos que lo exceden, y el material documental le agrega al relato una dimensión colectiva que siempre está empujando hacia el fondo del cuadro.
Ese cruce entre ficción y archivo, entre lo personal y lo político, es lo que permite ubicar a Memorias del subdesarrollo dentro del llamado Tercer Cine, una corriente con fuerte presencia en América Latina que buscó otros modos de producción y de narración frente al modelo comercial de Hollywood y también frente al cine de autor europeo. Sus propuestas juntaban búsquedas estéticas con un interés genuino por los conflictos sociales y políticos del continente, y para eso aprovecharon la aparición de cámaras y celuloide más baratos, que les dieron una libertad económica y creativa enorme.
Dentro de ese movimiento, el cine cubano tuvo una participación muy destacada, y la película de Alea es uno de sus ejemplos más finos. Las desigualdades de clase aparecen allí tanto en la relación de Sergio con los cambios del país como en sus vínculos más íntimos: el escritor mira las transformaciones sociales casi como un espectador de su propia vida, y al mismo tiempo reproduce en sus parejas una lógica de jerarquía que tiene mucho que ver con esa misma Cuba que dice estar cambiando.
- Sergio es un escritor que elige quedarse en Cuba cuando su familia se va a Miami, más por hastío que por convicción política revolucionaria.
- El relato avanza con saltos al pasado y se cruza con imágenes de archivo de la Crisis de los Misiles y otros hechos reales.
- Las relaciones sentimentales del protagonista muestran su costumbre de moldear a sus parejas según sus propios gustos.
- La película forma parte del Tercer Cine, corriente latinoamericana que combinó experimentación estética con interés social y político.
- El acceso a cámaras y celuloide más baratos permitió a esos realizadores una libertad creativa que se nota en la estructura desordenada del film.
La ficha, entonces, junta un drama personal, recursos documentales y una arquitectura de recuerdos que corre a Sergio del centro de la escena y lo devuelve un poco más chico, más humano, más contradictorio. Y queda flotando una pregunta que sirve para charlar en cualquier mesa que se anime a discutir cine: ¿qué le suma a la ficción la incorporación de imágenes de hechos reales? A mí, que vengo mirándola de rato en rato desde hace años, me sigue pareciendo que le suma esa cosa que tiene la vida cuando se mete sin pedir permiso en una película: la certeza de que lo que vemos en la pantalla también pasó, y de que el pasado nunca se termina de ir del todo. Como diría mi abuela Carmela, que en paz descanse, uno vuelve al lugar donde lo dejaron los recuerdos, aunque el mundo de afuera haya cambiado tres veces.
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