Sentirse solo pesa más en la salud que estar aislado: un estudio británico midió la diferencia
Una investigación con más de 277.000 adultos del Biobanco del Reino Unido encontró que la soledad y el aislamiento social se asocian con menos años de vida libre de enfermedades, y que los hábitos saludables no alcanzan para revertir el daño del sentirse solo.
A veces uno se cruza con un dato que parece clínico y termina golpeando de lleno en lo cotidiano, y eso me pasó al leer esta investigación que acaba de difundir la Universidad de Tulane, de Estados Unidos, firmada por el equipo encabezado por Lu Qi y basada en el seguimiento de más de 277.000 personas que forman parte del Biobanco del Reino Unido, todas con edades entre los 40 y los 69 años al momento de incorporarse al estudio. La pregunta de fondo era tan simple como incómoda: cuántos años de vida saludable se pierden cuando alguien vive aislado o cuando alguien, aunque esté rodeado, se siente solo. La diferencia entre esas dos palabras —aislamiento y soledad— es la clave que ordena todo el trabajo y la que, me parece, vale la pena empezar a desarmar.
Porque no es lo mismo tener pocos contactos que extrañar un vínculo, y esa distinción no es un capricho académico: la repiten definiciones oficiales como las del Consejo Nacional de Envejecimiento, que entiende al aislamiento social como una situación objetiva, la de contar con pocas relaciones o interactuar poco con los demás, y a la soledad como un malestar subjetivo, el que aparece cuando falta una conexión significativa. Una persona puede vivir con vínculos escasos y, aun así, no sentirse sola si esos lazos cubren lo que necesita; y al revés, alguien puede tener una agenda social intensa y cargar con una soledad profunda. Esa distancia entre cantidad y calidad de los vínculos es, en buena parte, la que explica los números que difundió la Universidad de Tulane en su comunicado del 22 de septiembre de 2026.
Cómo se midieron los años sin enfermedades
Para entrar al estudio, los participantes no podían tener ninguna de las siete condiciones que los investigadores decidieron seguir a lo largo del tiempo: diabetes, enfermedades cardíacas, enfermedades pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. Tomando los 50 años como punto de referencia, el equipo cuántos años podían esperar vivir sin desarrollar ninguna de esas patologías, según hubieran reportado o no situaciones de aislamiento social y de soledad. Lo que encontraron fue que ambas condiciones se asociaron con una pérdida de años saludables, pero con marcas distintas según el tipo de enfermedad y según se trate de mujeres o de varones.
- En salud física, las mujeres que atravesaban soledad y aislamiento social perdieron en promedio 2,4 años de vida sin enfermedades, mientras que en los hombres la cifra fue de 1,7 años.
- En salud mental, la brecha fue mayor: 3,7 años menos para las mujeres y 5,8 años menos para los hombres, la diferencia más grande que registró el estudio.
- Los hábitos saludables —alimentación, actividad física, buen sueño y no fumar— amortiguaron parte del daño asociado al aislamiento, pero no lograron reducir de forma significativa el riesgo vinculado con sentirse solo.
Es ese último punto el que más me dejó pensando, porque confirma algo que uno intuye pero que rara vez aparece con esta claridad en un paper: que las conductas individuales, las que tantas veces escuchamos repetir como si fueran una solución universal, sirven para mitigar el impacto objetivo de vivir con pocos contactos, pero no alcanzan para borrar el peso subjetivo de sentirse solo. Es decir, alguien puede comer bien, caminar todos los días, dormir las horas recomendadas y no fumar, y aun así cargar con el costo en salud mental que trae la falta de un vínculo que lo contenga. El investigador principal, Lu Qi, lo planteó en el comunicado de la Universidad de Tulane al destacar que los hallazgos atraviesan tanto la salud física como la mental, y que el fenómeno debe leerse en clave integral.
“Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y muestran que la soledad y el aislamiento no pueden tratarse como sinónimos.”Lu Qi, investigador principal del estudio
Qué lugar ocupan los vínculos en la vida adulta
A esta altura de la nota me parece honesto decir lo que pienso como Nadia Cussi, que cubre Sociedad y pueblos originarios y que a los 50 tantos empieza a mirar estos estudios con otra atención: lo que muestra este trabajo no es una novedad teórica, porque hace rato que la literatura científica viene relacionando a la soledad con peores marcadores de salud, pero sí es un llamado de atención concreto para los lectores y lectoras de entre 40 y 60 años a los que les escribo, porque es justo la franja que el estudio tomó como referencia. Los años libres de depresión, ansiedad, demencia, cáncer, diabetes, problemas cardíacos y pulmonares no son un lujo: son los que permiten sostener un trabajo, criar hijos, cuidar a los padres, participar de una comunidad. Cuando una investigación con más de 277.000 personas encuentra que el sentirse solo puede costar hasta 5,8 años de vida mental saludable en los hombres, lo que está diciendo es que la trama de vínculos en la que uno vive necesita ser pensada como un asunto de salud pública y no solo como una cuestión privada. Y la comunidad, en este caso la que forman quienes nos leen, pidió textualmente algo que este paper confirma: que nadie debería tener que elegir entre cuidarse por dentro y sentirse acompañado por fuera, porque las dos cosas, miradas en serio, son parte del mismo tratamiento.
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