La toma que se televisó en vivo: Van Sant revive en streaming el caso del hombre que pidió hablarle al país
Bill Skarsgård encarna a Tony Kiritsis, el hombre que en los años setenta tomó como rehén al hijo de un banquero y reclamó salir en televisión nacional para denunciar una estafa. La película, que pasó casi sin pena ni gloria por las salas, ahora se reacomoda en Movistar Plus con la firma de un director siempre atento a los outsiders del sistema.
Lo confieso de entrada: arranqué a ver esta película una noche cualquiera, con el termo a medio llenar y la idea de que iba a ser un thriller más sobre un tipo desesperado con un rehén. A los veinte minutos ya estaba con la espalda pegada al respaldo, porque la historia de Tony Kiritsis tiene algo que sigue pinchando aunque hayan pasado más de cuatro décadas, y que Gus Van Sant, lejos de aplacar, se encarga de mantener incómodo todo el tiempo. La plataforma Movistar Plus acaba de sumar a su catálogo Prime Crime: A True Story, también conocida como Dead Man's Wire, y la verdad es que verla en casa, con el control remoto a mano, le termina de cerrar un ciclo que la sala apenas le había esbozado.
Un caso real como punto de partida
La historia arranca en Indianápolis, en el corazón de Estados Unidos, cuando un hombre común y corriente se presenta en la sede de un banco donde había pedido un préstamo para comprar un terreno. Cuando se lo negaron, a Tony se le metió en la cabeza que la entidad financiera no quería devolverle la propiedad, ya pagada en buena parte, y que detrás había una operación para quedarse con el lote y especular a costa suya. La respuesta que encontró fue tan extrema como cinematográfica: tomó como rehén al hijo del dueño del banco con un dispositivo casero pero potencialmente letal atado al cuello, y desde ahí formuló dos pedidos que todavía hoy suenan imposibles. Una indemnización económica por todo el daño sufrido y, sobre todo, la posibilidad de hablar en vivo en la televisión nacional para contar su verdad.
Ese segundo pedido es el que vuelve la historia tan moderna, tan nuestra, pese a estar ambientada en los años setenta. Tony no quería sólo dinero, quería un micrófono. Quería que el país lo mirara a los ojos mientras le explicaba, a él y a quien quisiera escuchar, cómo se siente un hombre común cuando descubre que el sistema que tiene que protegerlo, en realidad, lo está apretando contra la pared. Y lo que pasó después, con las cámaras instaladas y el país pendiente de cada movimiento, le dio al caso un aire de reality show antes de que existiera la palabra reality, algo que la película aprovecha con mucho oficio.
Van Sant, Skarsgård y un thriller con pedigree
Del otro lado de la cámara está Gus Van Sant, un director que ya nos tiene acostumbrados a poner la cámara al lado de los que el cine suele mirar de reojo, desde los jóvenes de Drugstore Cowboy hasta el pulso indie de Todo por un sueño. Acá vuelve a ese territorio de personajes que se chocan contra las reglas del sistema y buscan, con lo que tienen a mano, una salida que pocas veces es razonable. Acompañándolo, en el papel central, aparece Bill Skarsgård, actor sueco que viene del terror más rotundo con It y de dramas mucho más contenidos, y que acá compone un Tony en las antípodas del payaso Pennywise: un tipo agotado, educado, al borde del colapso, que sin embargo conserva una cortesía extrañísima para alguien que tiene un dedo en el gatillo.
“La película no termina de resolver todas sus contradicciones, pero deja flotando una pregunta que a mí, en lo personal, me dio vueltas un par de días: qué pasa cuando alguien decide montar una protesta individual contra estructuras que, a todas luces, lo superan. Si eso es lucidez o simplemente un grito desesperado, el film no lo dice, y me parece su mayor acierto.”
Mientras la escribía me acordé de algo que decía mi abuela Nélida, que en paz descanse, cada vez que veía en la tele un noticiero con un tipo acorralado por la policía: mientras un canal lo tenga al aire, a ese hombre no le va a pasar nada. Era su manera, bien criolla, de explicar que la cámara protege y a la vez condena, y que la famosa exposición mediática es un arma de doble filo que a veces salva y a veces hunde. La historia de Tony Kiritsis es, en el fondo, la comprobación empírica de esa intuición de vieja. Y la película de Van Sant, con la cara larga de Skarsgård y la música de Scott-Heron empujando desde el fondo, lo cuenta sin necesidad de levantar la voz, que es justamente cuando más duele. Verla en streaming, con el diario del lunes y la frazada encima, le termina de hacer justicia a un título que la sala, según parece, no supo dónde ubicar. Habrá que ver si en la plataforma, al menos, encuentra a la gente que le interesa de verdad.
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