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VIE, 16 OCT 2026
Vida

La presión que no avisa: por qué el control periódico se volvió una urgencia silenciosa para más de doce millones de argentinos

Casi cuatro de cada diez personas con hipertensión desconocen su diagnóstico en el país, según el Registro Nacional. La medición periódica y los hábitos cotidianos aparecen como las llaves para detectar a tiempo un problema que suele avanzar sin síntomas y que puede terminar en infartos o accidentes cerebrovasculares.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios · · lectura 5 min
La presión que no avisa: por qué el control periódico se volvió una urgencia silenciosa para más de doce millones de argentinos

Tomarse la presión no es un trámite menor ni un dato menor: es el único modo de conocer una cifra de salud que, en la enorme mayoría de los casos, no se refleja en cómo se siente una persona, y por eso queda fuera de la mirada cotidiana hasta que el problema ya avanzó y dejó alguna secuela difícil de revertir, algo que como lectora y como ciudadana me parece importante decir de entrada porque todavía atraviesa un problema que el sistema de salud no termina de poner sobre la mesa con la fuerza que debería tener en cada consulta y en cada charla familiar.

La hipertensión puede desarrollarse durante años sin molestias evidentes y, justamente por esa razón, esperar a que aparezca un síntoma para preocuparse equivale a llegar tarde a un partido que ya se está jugando en silencio adentro del cuerpo, mientras las arterias se endurecen, el corazón se sobreexige y los órganos vitales empiezan a un esfuerzo que no avisa y que, cuando finalmente avisa, lo hace en formato de infarto, de accidente cerebrovascular o de una insuficiencia renal que cambia la vida de la persona y de toda su familia.

Una foto nacional que preocupa

El Registro Nacional de Hipertensión Arterial (RENATA) marca que el 36,3% de los adultos mayores de dieciochoërientaciónños en la Argentina tiene hipertensión, es decir cerca de doce millones de personas, y que casi cuatro de cada diez de quienes la tienen todavía no recibieron un diagnóstico, un dato que me cuesta mucho digerir porque estamos hablando de compatriotas que caminan, trabajan, cuidan a sus hijos y a sus nietos sin saber que conviven con un factor de riesgo cardiovascular de los más importantes y, al mismo tiempo, más subestimados que existen.

A ese primer escollo se le suma un segundo, que es el del control efectivo de la presión en quienes ya están bajo tratamiento: apenas cerca del 44% logra mantener sus valores dentro de los rangos recomendados, lo que muestra que diagnosticar no alcanza si después no se acompaña con controles sostenidos, con ajustes de dosis cuando hace falta, con acceso efectivo a los medicamentos y con un trabajo serio y cotidiano sobre la alimentación, el movimiento y el manejo del estrés, que son tres pilares que no pueden quedar librados al voluntarismo individual porque hacen a la salud pública en su conjunto.

La mirada global y lo que está en juego

La Organización Mundial de la Salud, en su segundo informe mundial sobre hipertensión arterial publicado en 2025, dimensiona el problema a nivel planetario al indicar que mil cuatrocientos millones de adultos viven con presión elevada en el mundo y que apenas uno de cada cinco la tiene controlada, una fotografía que pone en perspectiva el dato argentino y que, a la vez, muestra que lo que pasa en cualquier centro de salud de Buenos Aires, de Córdoba o de Ushuaia es parte de un fenómeno global que atraviesa a países con sistemas de salud muy distintos pero con un denominador común, que es la dificultad de sostener en el tiempo un cuidado que parece sencillo pero que exige constancia, información y políticas activas de prevención.

Porque cuando la hipertensión no se trata o no se controla, con el paso de los meses y de los años va deteriorando las paredes de las arterias, forzando al corazón, comprometiendo al cerebro, a los riñones y a la vista, y abriendo la puerta a eventos que cambian una vida en cuestión de minutos, como el infarto agudo de miocardio y el accidente cerebrovascular, dos de las principales causas de muerte y de discapacidad en la Argentina y en el mundo, y que en buena parte de los casos podrían evitarse o, al menos, postergarse muchos años si la detección hubiera llegado a tiempo y si el tratamiento hubiera sido sostenido, algo que en mi trabajo como periodista de sociedad veo repetirme cada vez que reconstruyo la historia clínica de una víctima de un ACV y descubro, en la mayoría de los casos, que existían señales previas que nunca fueron atendidas como correspondía.

Qué hacer, concretamente, para cuidarse

  • Medirse la presión de manera periódica, incluso cuando no haya síntomas, porque la ausencia de malestar no garantiza que los valores estén dentro de los rangos recomendados.
  • Reducir el consumo de sal y de alimentos ultraprocesados, sostener una alimentación equilibrada y rica en frutas, verduras, legumbres y pescado, y leer las etiquetas de los productos para conocer cuánto sodio se suma al plato sin notarlo.
  • Hacer movimiento de forma regular, al menos ciento cincuenta minutos por semana de actividad moderada, adaptados a la edad y a las posibilidades de cada persona, ya que el sedentarismo es uno de los principales aliados silenciosos de la hipertensión.
  • Atender el estrés crónico con estrategias concretas y sostenidas en el tiempo, como descanso adecuado, vínculos afectivos, actividad física y, cuando hace falta, acompañamiento profesional, porque el estrés sostenido también empuja los valores hacia arriba.
  • Asistir a los controles médicos periódicos y no suspender ni automedicar la medicación indicada, ya que el tratamiento de la hipertensión es una herramienta clave en contextos donde las políticas de salud y los equipos profesionales sostienen acuerdos concretos de seguimiento.

Como sociedad, lo que la comunidad viene pidiendo es algo tan sencillo como esto: que el Estado, los centros de salud y los equipos profesionales faciliten los controles, garanticen el acceso a los medicamentos y promuevan campañas sostenidas de medición en plazas, en escuelas, en clubes y en los barrios, porque tomarse la presión lleva pocos minutos, no duele, no cuesta y puede salvar una vida, y eso es lo que me lleva a cerrar esta nota con la misma pregunta que dejó abierta el material de base y que cada uno puede responderse mirándose un instante hacia adentro, sin apuro y con la verdad de saber que en ese número de dos cifras puede estar buena parte de la historia de salud de los próximos años.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios

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