El regreso de Zuckerberg al cine: cuando el guionista se queda solo con el volante
La esperada secuela de La red social confirma lo que la industria viene sospechando hace rato: a Sorkin le sienta mejor cuando otro lo frena. Una mirada al oficio de escribir y dirigir al mismo tiempo, y a por qué sus mejores páginas nacieron en manos ajenas.
Me acuerdo de la primera vez que vi La red social en el cine, en una sala de Palermo llena hasta las bandejas, y la sensación de que cada diálogo estaba calculado como un round de boxeo. Aaron Sorkin firmaba ese guión con la precisión de un relojero y David Fincher lo traducía a imágenes con una frialdad que te dejaba sin aire. Quince años después, vuelvo a sentarme frente a una pantalla para seguir la historia de Mark Zuckerberg y la sensación es otra: la del relojero que ahora también quiere fabricar la caja del reloj, y no le sale del todo bien.
El precio de la red llega como secuela directa de aquella película de 2010 y trae consigo el peso de un antecedente enorme. Para colmo, se cruzan en el camino los ecos de The Newsroom, esa serie que Sorkin escribió y dirigió con tanta vehemencia como pocos miraron, y hasta el fantasma de un proyecto sobre el 6 de enero que el autor viene prometiendo desde hace años y nunca termina de cerrar. Es decir: no estamos ante un debut en soledad, sino ante un regreso en soledad, que es distinto y a veces más arriesgado.
El problema no es lo que escribe, sino cómo lo filma
La crítica especializada coincide en algo que a esta altura ya parece un lugar común: el guión de Sorkin suele sobrevivir al paso del tiempo, pero su trabajo como director no. Molly's Game tuvo una recepción tibia pero benévola; lo que vino después confirmó la sospecha de que los mejores resultados de sus textos llegaron cuando otro lo puso en caja. David Fincher en La red social, Danny Boyle en Steve Jobs, Rob Reiner en Algunos hombres buenos: tres directores con mano firme para un autor que tiende a embalarse. Sin esa tensión externa, sus películas suelen quedar a merced de sus propios tics.
- Soliloquios extensos que existen porque suenan bien leídos en voz alta, no porque la escena los pida.
- Escenas de interiores con problemas de iluminación notorios, llamativo si se tiene en cuenta que el director de fotografía es el mismo de La red social.
- Un montaje sin urgencia, donde la cámara cumple sin arriesgar.
- Un idealismo de manual que, sin un realizador que lo discuta, termina pesando sobre el resultado.
- Diálogos brillantes en el papel que en pantalla se sienten como discursos pronunciados frente a un espejo.
Hay una frase dentro del propio filme, dicha por el personaje que interpreta Bill Burr y que ya se vio en los tráileres, que parece escrita a propósito para esta discusión: según esa línea, Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo. Es la imagen exacta de un autor que observa el caos del mundo desde su escritorio y decide, esta vez, no llamar a nadie para que lo ordene.
“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Personaje de Bill Burr en El precio de la red
Mi vieja, que de cine sabe lo que le cuentan sus nietas, suele decir que hay cocineros que cocinan mejor cuando alguien los mira. Le contesto que no, que eso es culpa del cocinero, no del que mira. Pero viendo El precio de la red uno termina entendiéndola: hay oficios en los que la mirada ajena no es un control, es un envión. La pregunta que queda dando vueltas, entonces, es si este tropiezo sirve para que Sorkin vuelva a entregar la cuchara, o si insiste con la idea de que puede servirse solo. Mientras tanto, en la sala, uno extraña a Fincher como se extraña a un director de orquesta cuando el compositor se anima a dirigir su propia obra: con cariño, pero con la certeza de que algo se pierde en el intento. Al final, como diría cualquier comparsa del carnaval de mi pueblo, el que mucho abarca termina apretando, y a veces la mejor manera de escribir bien una película es dejar que otro la filme.
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