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VIE, 16 OCT 2026
Vida

El mundo no es accesible, ellos sí: la vuelta al mundo en silla de ruedas de dos amigos australianos

Fletcher Crowley y Lachie Bennett recorrieron cuatro continentes en tres meses, cargaron al amigo por 268 escalones hasta el Gran Buda de Hong Kong y financiaron la aventura con micromecenazgo. Su historia, contada por Nadia Cussi.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios · · lectura 3 min
El mundo no es accesible, ellos sí: la vuelta al mundo en silla de ruedas de dos amigos australianos

Reconozco que cada vez que me topo con una historia como la de Fletcher Crowley y Lachie Bennett me cuesta mantener la distancia profesional que se supone debe tener un cronista, porque lo que estos dos jóvenes australianos hicieron bien merece un párrafo aparte, con mayúsculas y todo: se compraron una vuelta al mundo con varias escalas, se subieron a un avión y durante tres meses atravesaron Europa, Asia, África y América del Sur sin más motor que una silla de ruedas, una amistad de la infancia y esa terquedad sana de los que se niegan a que el cuerpo les ponga límites que la cabeza no acepta.

Para entender de dónde sale esta locura hay que retroceder hasta cuando Fletcher tenía diecisiete años y se fracturó dos vértebras en un accidente de ciclismo de montaña. La lesión lo dejó parapléjico. Hoy puede ponerse de pie y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo agota en minutos. Esa es, precisamente, la materia prima de la historia: un cuerpo que se cansa rápido y una voluntad que no se cansa nunca.

Una amistad forjada en un centro de rehabilitación

Fletcher y Lachie se conocían del colegio, pero se reencontraron años después en el centro de recuperación donde Lachie trabaja como terapeuta especializado en personas con lesiones medulares. Fue en una cena de turno nocturno, mientras hablaban de música, de moda y de la costumbre de cruzarse con gente distinta a la del propio círculo, cuando advirtieron que compartían algo más profundo que gustos: los dos habían lidiado con episodios de ansiedad y habían aprendido a administrarlos. Esa complicidad, me animo a decir, terminó siendo el verdadero equipaje de toda la aventura.

El viaje grande empezó casi de casualidad. Iban a armar una escapada corta de dos semanas cuando apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas. La compraron, según contaron ellos mismos, sin pensarlo demasiado. El itinerario terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, cuatro continentes en apenas noventa días.

La logística, el dinero y la accesibilidad real

No todo fue glamour ni postales. Fletcher y Lachie reconocen que muchos destinos no estaban pensados para una silla de ruedas y que varias veces tuvieron que buscar rutas alternativas o directamente recurrir al recurso más artesanal del mundo: que Lachie cargara a Fletcher a cuestas. “Puede requerir un bit más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione”, resumieron.

Al principio financiaron el viaje con ahorros propios. Cuando empezaron a subir videos a las redes, la respuesta fue tan grande que una campaña de micromecenazgo les permitió estirar el presupuesto y ser más espontáneos. El alojamiento, coinciden, se resolvió en gran parte gracias a desconocidos que les abrieron la puerta: la famosahospitalidad 2.0, esa que a veces parece exagerada en los posteos y que en casos como este se vuelve tangible.

“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Esa frase, que los dos repitieron hasta convertirla en lema, es el corazón de la historia y también la mejor definición que encontré de lo que se discute cuando se habla de turismo y discapacidad: la accesibilidad no es solo una cuestión de rampas y ascensores, sino de decisiones personales, de redes de contactos y de una sociedad que, cuando quiere, se organiza para que alguien pueda subir esos 268 escalones. Por eso, mientras escribo estas líneas en mi escritorio, no puedo evitar pensar que lo verdaderamente extraordinario no fue la vuelta al mundo, sino el modo en que estos dos amigos se negaron a esperar que el mundo se acomode a ellos y, en cambio, salieron a acomodarse ellos al mundo. Eso, me parece, es una forma de militancia cotidiana que no necesita marcha ni pancarta.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios

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