"El mal hijo": cuando el debut se pelea consigo mismo y pierde en el segundo round
Jaime Lorente se calza por primera vez el traje de director y entrega una ópera prima que enamora en la primera media hora y se diluye en un thriller con olor a género. Recorrido por una película que tiene corazón de niño y desgano de adulto.
Confieso que salí de la sala con esa sensación contradictoria que te dejan pocas películas: la de haber visto algo genuino y, al mismo tiempo, la de haberme quedado con ganas de que esa misma película no se traicionara a sí misma. Jaime Lorente, a quien el público masivo conoce por sus papeles en La casa de papel o Élite, se pone por primera vez detrás de la cámara con "El mal hijo", un film ambientado en Murcia que arranca con la historia de un nene abandonado por su padre y criado por su abuela, y que en sus primeros minutos funciona como un relojito de ternura contenida.
Una primera parte que respira verdad
Ese arranque tiene algo que muchas óperas primas pierden de entrada: autenticidad. La relación entre el niño Rubén y la abuela está rodada con una intimidad que no apela al golpe bajo, y hay escenas que se quedan en la memoria por su precisión, no por su estridencia. Una ceremonia vista por una puerta entreabierta. Una charla de chicos al atardecer. Momentos que parecen sacados de una memoria colectiva más que del libreto de un director debutante, y que invitan a pensar en la Murcia profunda, en esas familias atravesadas por la ausencia del padre y sostenidas por mujeres que crían a fuerza de constancia.
El salto temporal y el tropiezo
El problema llega cuando la historia crece con su protagonista. Rubén deja de ser niño y se convierte en un joven adulto, y la película decide cambiar de género como quien se cambia de remera: del costumbrismo emotivo pasamos al thriller de narcotráfico, persecuciones y mafias. Ahí es donde la calidez del primer tramo se congela y lo que era mirada propia empieza a parecerse a un manual de cine negro ya leído demasiadas veces. La tensión se sostiene con esfuerzo, los personajes secundarios se vuelven arquetipos sin demasiado espesor y los clímax dramáticos se acumulan con una insistencia que termina por desgastarlos.
- La dirección de actores en las escenas de infancia, con niños que se sienten como tales.
- La composición de algunos planos que muestran una mirada con futuro.
- El primer tramo, donde la historia se cuenta sin necesidad de sobresaltos.
- El elenco, que responde con compromiso aun cuando el libreto les pide personajes esquemáticos.
No es una película que defraude de manera estrepitosa, pero tampoco es de las que dejan huella. Lorente demuestra criterio y honestidad detrás de cámara, y hay indicios de un director con voz propia; lo que le falta es todavía esa madurez para sostener un tono de principio a fin sin pedirle prestado a los géneros. La distancia entre lo que prometía ese arranque y lo que entrega el segundo acto es considerable, y duele porque el arranque era de los que hacían ilusionarse. Queda la sensación de que, si se hubiera animado a quedarse en su propia orilla en lugar de zambullirse en el thriller, el debut habría sido otra cosa. Como suele decirse por estas tierras, y con el perdón de la copla: empezó con pie derecho y terminó con el agua al cuello.
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