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VIE, 16 OCT 2026
Vida

El hambre no es un capricho: cómo actúan los medicamentos para la obesidad y por qué el seguimiento clínico es la clave de cualquier tratamiento

Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA, explicó a este portal de qué manera la semaglutida y la tirzepatida intervienen sobre las señales de saciedad y por qué ningún fármaco reemplaza a la alimentación, el ejercicio, el descanso y los controles profesionales.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios · · lectura 6 min
El hambre no es un capricho: cómo actúan los medicamentos para la obesidad y por qué el seguimiento clínico es la clave de cualquier tratamiento

Les confieso que cada vez que me toca hablar de obesidad como periodista que recorre consultorios y congresos médicos, termino con la misma sensación incómoda: arrastramos años de frases hechas que todavía asocian el peso corporal con la voluntad y la gula, y muy pocas veces nos sentamos a escuchar lo que la ciencia ya sabe sobre el tema. Por eso rescato esta conversación con Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA, porque ayuda a correr el velo sobre un punto central: los medicamentos que hoy se usan para tratar la obesidad no son "pastillas mágicas" que reemplazan a la dieta, sino herramientas que se insertan en un tratamiento integral, con controles médicos, ajustes de dosis y cambios sostenidos en el día a día. La especialista es clara cuando describe que el abordaje arranca siempre con una evaluación clínica, continúa con un seguimiento personalizado y se sostiene con alimentación, hidratación, descanso, actividad física y acompañamiento profesional, un combo que no admite atajos ni improvisaciones.

Qué hacen la semaglutida y la tirzepatida en el cuerpo

Empiezo por lo que más le pregunto a la gente en la calle y que muy pocos pueden contestar bien: en qué se diferencian estos fármacos que aparecen en publicidades, en conversaciones familiares y hasta en memes de redes sociales. Quevedo lo resume con un lenguaje que me parece accesible: "La semaglutida y la tirzepatida reproducen señales que el intestino genera naturalmente y que se comunican con órganos como el cerebro, el estómago y el páncreas. La primera actúa sobre un receptor, mientras que la segunda interviene sobre dos vías complementarias", describió la nutricionista. En concreto, lo que hacen estas moléculas es imitar la acción de hormonas intestinales llamadas incretinas, que participan en la regulación del apetito, la saciedad y el metabolismo de la glucosa, de modo que cuando el paciente recibe el medicamento empieza a experimentar cambios en la manera en que el cuerpo le envía señales de hambre y de satisfacción después de comer. No es, como muchos creen, que el fármaco "queme grasa" por sí solo ni que anule el apetito de manera artificial: el medicamento pone en marcha un diálogo entre el intestino y el cerebro que en la obesidad suele estar alterado, y ese diálogo se traduce en una reducción de la ingesta y, en muchos casos, en mejoras metabólicas que también benefician el control de la diabetes.

El consultorio: hambre que no se apaga y platos que no alcanzan

Hay un tramo de la entrevista que me parece especialmente importante porque rompe con uno de los prejuicios más arraigados que circulan en la conversación social. La jefa de Nutrición Clínica del Hospital de Clínicas contó que en el consultorio escucha de manera recurrente relatos de "hambre intensa, dificultad para sentirse satisfecho y consumo de alimentos entre comidas", y me insistió en que esas experiencias "forman parte de una enfermedad multifactorial y no pueden explicarse solamente por la voluntad individual". Ahí, mientras tomaba nota, pensé en cuántos lectores van a sentirse identificados sin atreverse a decirlo en voz alta: personas que llevan años comiendo más de lo que quisieran, picoteando entre horas, organizando su jornada alrededor de la próxima comida, sin que nadie les explique que existe un componente hormonal y metabólico detrás de esa conducta. Reconocerlo, dice Quevedo, es el primer paso para dejar de culpabilizar al paciente y empezar a tratarlo como lo que es: alguien con una condición crónica que merece un plan serio, no un consejo de buena voluntad.

Por qué el seguimiento médico es inseparable del tratamiento

Cuando uno indaga en los detalles del tratamiento farmacológico de la obesidad, aparece una palabra técnica que vale la pena aprender: titulación, que no es otra cosa que el aumento gradual de la dosis a lo largo de las semanas para que el cuerpo se acostumbre y se minimicen los efectos adversos. La especialista lo describe como un proceso que demanda controles periódicos para observar la respuesta al medicamento, detectar posibles efectos secundarios y evaluar cambios en la composición corporal, y en ese punto su mensaje es tajante: "La dosis y el ritmo de descenso de peso deben ajustarse a cada persona. El objetivo incluye reducir grasa corporal y preservar la masa muscular". Esa última parte me parece clave y suele quedar afuera de la conversación pública, porque no todo lo que se baja en la balanza es grasa; un descenso mal conducido puede arrastrar músculo, y perder masa magra es justamente lo contrario de lo que un tratamiento responsable persigue. Por eso Quevedo pone el foco en la composición corporal y no solo en el número que muestra la balanza, y por eso recomienda incorporar ejercicio al plan, diferenciando entre trabajo de fuerza y trabajo cardiovascular porque ambos pueden modificar la evolución de manera distinta.

El problema de suspender el fármaco y recuperar el peso

Otro punto que la médica quiso dejar muy claro, y que a mí me dejó pensando largo rato, es que la obesidad no termina cuando la aguja de la balanza llega al número esperado, porque el organismo tiene mecanismos propios que favorecen la recuperación del peso perdido, un fenómeno que en la literatura se conoce como respuesta adaptativa y que en la clínica se vive con frustración. Quevedo lo advierte con crudeza: "Estos medicamentos también ayudan a sostener el descenso durante el período de uso indicado por los profesionales. Al suspenderlos, puede producirse una recurrencia, especialmente si no existe una estrategia integral que acompañe el tratamiento". La advertencia importa porque desarma la fantasía del "termino el tratamiento y me quedo en el nuevo peso para siempre", y al mismo tiempo refuerza la idea de que el fármaco y los hábitos deben convivir durante todo el proceso. La médica también señaló que los hábitos dependen del entorno familiar y laboral, condiciones que deben considerarse al organizar los cambios cotidianos, porque no alcanza con la indicación médica si la cocina del hogar, los horarios de trabajo o el acceso a alimentos saludables conspiran contra el plan.

  • El tratamiento farmacológico de la obesidad comienza con una evaluación médica integral y requiere controles periódicos durante todo su desarrollo.
  • La dosis y el ritmo de descenso de peso se ajustan de manera individual mediante un proceso de titulación gradual, según explicó Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA.
  • La semaglutida actúa sobre un receptor y la tirzepatida sobre dos vías complementarias; ambas reproducen señales intestinales que regulan el apetito, la saciedad y el metabolismo de la glucosa.
  • El hambre intensa, la dificultad para sentirse satisfecho y el picoteo entre comidas forman parte de una enfermedad multifactorial que no se explica sólo por la voluntad individual, advirtió la especialista.
  • El objetivo del tratamiento incluye reducir grasa corporal y preservar la masa muscular, por lo que se recomienda combinar ejercicio de fuerza y cardiovascular.
  • Al suspender el medicamento puede producirse una recurrencia del peso perdido, sobre todo si no existe una estrategia integral que incluya alimentación, hidratación, descanso, actividad física y acompañamiento profesional.
“La dosis y el ritmo de descenso de peso deben ajustarse a cada persona. El objetivo incluye reducir grasa corporal y preservar la masa muscular.”Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA
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