El Coyote vuelve a la carga y arrastra a Will Forte a una batalla legal que huele a justicia
La nueva entrega que combina dibujos animados con actores reales recupera al cazador eterno del Correcaminos, lo planta frente a un personaje humano decidido a pelear en los tribunales y estira la fórmula de los cortos durante algo más de noventa minutos. Un pacto entre dos mundos que se ríen del fracaso.
Lo confieso antes de seguir escribiendo: la primera vez que escuché nombrar Coyote vs. Acme se me dibujó la sonrisa sola, como cuando en el barrio te cruzás con un viejo conocido que aparece después de años con la misma pinta y las mismas ganas. Es que el Coyote, ese personaje entrañable de los Looney Tunes que viene persiguiendo al Correcaminos desde que mi abuela Carmen me sentaba frente al televisor los sábados a la mañana, vuelve a la pantalla grande, y esta vez no viene solo: lo acompaña Will Forte, un actor que carga con un humor medio quieto, de esos que se laburan el gesto más que la palabra, y que en esta película encarna al partenaire humano que el Coyote necesitaba para meter las patas en un juicio.
Lo que se ve en pantalla es una película que supera los noventa minutos y que decide mezclar animación con actores reales, una movida que tiene antecedentes serios: antes lo hicieron Space Jam, cuando juntaron a los dibujos con Michael Jordan, y después Looney Tunes: De nuevo en acción, que repitió la fórmula. Acá la cosa va un pasito más allá, porque el relato se organiza alrededor de una búsqueda de justicia y se permite tomar prestadas las mañas del cine de juicios, ese género donde los abogados declaman y la cámara se acerca al rostro del testigo como quien se acerca al fuego.
Dos personajes, dos lógicas, un mismo empecinamiento
La gracia del asunto está en que el Coyote y el personaje de Forte funcionan con reglas distintas y, sin embargo, terminan encontrándose en lo más parecido que tienen: la insistencia. El Coyote, en sus cortos clásicos, diseñaba trampas ingeniosas, compraba artefactos de la marca Acme —que en la versión argentina suena a catálogo de juguetería barrial—, armaba un plan perfecto y terminaba con un piano en la cabeza o cayendo por un barranco. La derrota no lo frenaba nunca: al corte siguiente, ya estaba otra vez trazando una línea en el piso, calculando la trayectoria, afilando los dientes. Esa persistencia es la herencia que la película rescata y le planta al lado de un personaje humano que, por lo que se cuenta, pelea por algo que le parece justo en un escritorio de abogados más que en un desierto pintado con aerógrafo.
- Una duración que supera los noventa minutos, estirando la fórmula de los cortos.
- Una mezcla de animación con actores reales, al estilo Space Jam y De nuevo en acción.
- Una trama centrada en una búsqueda de justicia con recursos del cine de juicios.
- El Coyote como protagonista absoluto, acompañado por un personaje humano interpretado por Will Forte.
- Un humor físico que homenajea los cortos originales sin abandonar el formato de largometraje.
Los mecanismos del Coyote fallan, siempre fallaron, y en esta película eso no se esconde: se exhibe, se disfruta, se vuelve parte del relato. Las caídas, los golpes, las situaciones que desafían la ley de gravedad conviven con la decisión de seguir adelante, y esa mezcla —la del cuerpo que se rompe y el espíritu que no— es la que termina conectando al personaje animado con el humano. No es casualidad: en los Looney Tunes de toda la vida, el Coyote era el que más se parecía a cualquiera de nosotros cuando se empecina en algo, el que más se parecía a mi viejo cuando insistía con arreglar solo el caño del baño.
El formato de largometraje le permite a la película tomarse su tiempo para desarrollar ese vínculo. Ya no se trata del corto de siete minutos donde todo se resuelve a los tumbos: ahora hay lugar para una escalada, para idas y vueltas, para que el personaje de Forte se banque la presencia del Coyote como quien se banca un pariente que aparece sin avisar en casa. La convivencia entre mundos —el dibujado y el real— deja de ser un truco y pasa a ser parte del conflicto, que es justamente lo que cualquier producción que se anime a mezclar estos dos universos tiene que resolver si no quiere quedar en un simple crossover.
Y acá me quedo pensando, mientras escribo esta nota, en una pregunta que me parece de las buenas para dejársela a quien esté leyendo: ¿qué otro personaje de los Looney Tunes te gustaría ver protagonizar una película así? Porque el Coyote se ganó la suya con décadas de intentos fallidos, y el cupo queda abierto para que el Correcaminos, Bugs, el Pato Lucas o incluso el Tazmanian Devil se anoten en la próxima. Mientras tanto, me quedo con la imagen del Coyote entrando a un tribunal con la cara vendada y la sonrisa intacta, porque hay algo de criollo en eso de litigar con el cuerpo hecho pedazos y el orgullo entero. La justicia, como el Correcaminos, siempre se ve un poquito más adelante, y al Coyote nunca le faltaron piernas para correr hasta alcanzarla.
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