De las pelucas al micrófono propio: Iván Ramírez se prueba como cantante en la televisión
Me acuerdo de la primera vez que escuché una imitación de Iván Ramírez y lo que me llamó la atención no fue el parecido, sino la cantidad de horas que había detrás de ese personaje. Ahora imagínense a ese mismo hombre parado en un escenario, sin látex en la cara ni peluca de cabello natural, cantando con su propia voz. Esa imagen es la que está dando vueltas en la pantalla de El Trece desde hace algunas noches, en el programa Es mi sueño, y vale la pena detenerse a mirarla con cuidado.
Ramírez es de esos artistas que el público reconoce de memoria por los rasgos exagerados y las voces ajenas. En el ciclo que conduce Guido Kaczka se anotó para concursar, no para hacer el papel de bufón. Cuando le ofrecieron sumarse, lo primero que pensó, según contó él mismo, fue algo tan simple como esto: "no sé cantar con mi voz". Viniendo de alguien que tiene en su repertorio más de ciento cincuenta personajes, la frase tiene una honestidad casi provocadora.
Un método que empieza mucho antes de la peluca
Para armar cada uno de esos personajes, Ramírez no arranca por el maquillaje ni por el disfraz. Arranca por la cabeza. Observa cómo piensa el referente, qué le interesa, cómo se mueve en una entrevista o en un reportaje. Recién después, y recién cuando esa lectura interna está incorporada, trabaja la voz y los gestos. El vestuario y la caracterización, asegura, llegan al final, como si fueran el envoltorio de un trabajo que ya está hecho por dentro. La confesión sirve para entender por qué la propuesta de Es mi sueño lo descolocó: por primera vez en mucho tiempo tenía que salir a escena sin esa arquitectura previa.
- Los ensayos de canto en el programa son personalizados y forman parte del entrenamiento habitual del equipo vocal del ciclo.
- Ramírez forma parte además del grupo Viralizados y acaba de estrenar el ciclo de streaming Iván y vienen.
- Recibió una propuesta concreta para presentar un unipersonal en Mar del Plata, que mantiene en agenda junto a sus shows habituales.
- Colocar una prótesis puede llevarle un mínimo de cuatro horas, y despegarse el maquillaje suma otras dos, un detalle que describe el costo artístico de cada gag.
- Cuenta con pelucas de cabello natural y un taller propio que diseña y cose la ropa de cada personaje.
Ese nivel de producción explica por qué cada aparición suya en un programa o en un evento es un pequeño montaje. Por eso la invitación de Kaczka, en este caso, fue doblemente disruptiva. No le pedían un personaje, le pedían a la persona. Y Ramírez, que arrastra años de clases de canto pero nunca había expuesto esa faceta en televisión, aceptó el riesgo. Ahora ensaya con el equipo vocal del concurso, un cuidado técnico que, según él mismo reconoce, le viene especialmente bien por el desgaste que le dejan los cambios de registro cuando imita a otros artistas.
“Lo primero que pensé es: no sé cantar con mi voz.”Iván Ramírez
El recorrido del humorista empezó mucho antes de la fama televisiva. A los catorce años, en el cumpleaños de una amiga, se animó a interpretar a Lía Crucet con un vestido que le había hecho su bisabuela. Aquel número tan casero le abrió tres contrataciones para eventos en la zona y, según cuenta, le confirmó que detrás de las risas podía haber un oficio. Ese debut de adolescence, con costuras familiares y escenario improvisado, contrasta con la estructura profesional que hoy mantiene alrededor de sus imitaciones, pero conserva la misma raíz: la de alguien que observa, escucha y se anima a ponerse en el lugar del otro.
Mientras se prueba como cantante en El Trece, Ramírez sigue adelante con el resto de su agenda. La propuesta para llevar un unipersonal a Mar del Plata le llegó en medio de ese movimiento, en un año en el que también arrancó Iván y vienen, su nuevo ciclo de streaming, y mantiene su actividad junto a Viralizados. La sensación que queda, mirando desde afuera, es la de un artista que decidió mostrarse sin la máscara justamente cuando más cómodo se siente con ella puesta.
Habrá que ver cómo responde el público a esa voz sin disfraz, que es, en definitiva, la única que él todavía no había puesto a prueba frente a las cámaras. Mientras tanto, y como suele pasar en estas historias, el aprendiz de Lía Crucet de hace más de dos décadas vuelve a cantar, ahora sin pedir permiso a nadie, y deja en el escenario una enseñanza que suena a copla: a veces, para reinventarse, alcanza con sacarse la peluca y atreverse a decir hola con la voz propia.
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