Cuando la infancia no puede más: el mapa de una crisis de salud mental que se extiende por aulas, guardias y barrios
Chicos que no duermen, que se lastiman o que dicen que no quieren seguir viviendo: la violencia, las pantallas y un sistema fragmentado dejan a miles de niños y adolescentes sin acompañamiento sostenido.
En los consultorios, en las guardias de los hospitales públicos y hasta en las aulas de las escuelas primarias y secundarias de la Argentina se repite, cada vez con más frecuencia, un mismo patrón que preocupa a quienes trabajan con la infancia: niñas, niños y adolescentes que no logran dormir, que dejaron de comer o comen de manera compulsiva, que se aíslan del mundo, que se infligen marcas en el cuerpo o que, en el extremo más doloroso, expresan con una frase apagada que ya no quieren seguir viviendo, y detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla con tiempo y con respeto.
La violencia que carga la mochila antes de los 18
La violencia aparece como una de las llaves que abren casi todos los cuadros clínicos que hoy llegan a los servicios de salud mental infantil, porque las estimaciones que maneja UNICEF en la Argentina son demoledoras: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años, mientras que entre los varones la proporción es de uno de cada once, y la enorme mayoría de esas experiencias permanecen silenciadas porque nunca encontraron un interlocutor que las registrara, de modo que sus efectos sobre la salud mental se prolongan durante toda la vida adulta y se mezclan, en el día a día, con maltratos cotidianos, con la negligencia de adultos responsables y con humillaciones que rara vez quedan asentadas en algún expediente escolar, judicial o sanitario.
Pantallas, apuestas y aprendizaje en jaque
A ese cuadro se le suma una capa más reciente que cambió la escena clínica: las plataformas digitales, que exponen a los chicos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que promueven conductas de riesgo, y los números que maneja UNICEF sobre la Argentina muestran que uno de cada cuatro adolescentes apostó dinero al menos una vez, mientras el uso intensivo de pantallas dejó de ser un simple hábito de entretenimiento para convertirse, en muchos hogares, en un refugio frente a soledades que no tienen otro lugar adonde ir y que los profesionales de guardia describen como un nuevo factor de daño acumulado sobre chicos cada vez más chicos.
- Trastornos del sueño que se cronifican y deterioran el rendimiento escolar.
- Problemas de alimentación, tanto por exceso como por déficit, muchas veces asociados a situaciones de violencia o abandono.
- Aislamiento progresivo de los grupos de pares y de la familia.
- Autolesiones y pensamientos o intentos de suicidio en niños y adolescentes cada vez más jóvenes.
- Dificultades de aprendizaje que se agravan cuando el estudiante está poniendo toda su energía psíquica en sobrevivir.
Un sistema fragmentado que pierde al paciente en el medio
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, lo que encuentra del otro lado suele ser un sistema saturado, con pocos profesionales especializados en infancia y adolescencia, con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia consumada y con una atención que llega partida en tres pedazos que casi nunca se hablan entre sí, porque la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma y la justicia recibe la infracción, de modo que el chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones puntuales que nadie articula, y los equipos profesionales dedicados a la salud mental infantojuvenil, que durante años vienen reclamando mayor presupuesto y más formación, reconocen por lo bajo que los recursos disponibles alcanzan apenas para apagar incendios, mientras los proyectos de vida de miles de niños y adolescentes quedan en suspenso esperando un turno que muchas veces llega demasiado tarde.
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