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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuando el mensaje corto se vuelve sospechoso: claves para no entrar en la rueda de las suposiciones en la pareja

Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti describen cómo el miedo al abandono, las experiencias previas y la baja autoestima empujan a leer intenciones donde solo hay silencio. Distinguir los hechos de la interpretación, reconocer la emoción propia y volver a la pregunta directa son los tres pasos que recomiendan para no dejar que una conjetura se transforme en discusión.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios · · lectura 4 min
Cuando el mensaje corto se vuelve sospechoso: claves para no entrar en la rueda de las suposiciones en la pareja

A veces alcanza con una respuesta seca, un signo de exclamación fuera de lugar o una demora de veinte minutos para que la cabeza empiece a completar lo que el otro no dijo. Una cosa es lo que efectivamente pasó en la pantalla —que la pareja contestó con pocas palabras, o que tardó en responder— y otra muy distinta es la historia que nos construimos encima: que está enojada, que ya no le interesamos, que conoce a alguien. Esa segunda parte, la del significado que le damos, es la que suele encender las discusiones más largas y más innecesarias. Sobre eso conversé con dos especialistas que, desde la neuropsicología y la psicología clínica, vienen viendo un mismo fenómeno en los consultorios: la sobreinterpretación de mensajes como espejo de los propios miedos.

Hechos por un lado, interpretaciones por el otro

La neuropsicóloga Karina Carreño propone empezar por una operación tan simple como decisiva: separar lo que efectivamente ocurrió de lo que imaginamos que ocurrió. Que el otro haya escrito una sola palabra es un dato; que esté molesta, en cambio, es una conjetura. Esa distinción, que parece de manual, no es menor: mientras el hecho se puede verificar en la pantalla, la interpretación depende del estado emocional de quien lee y de la historia personal que cada uno carga sobre los silencios. Carreño sugiere, en ese sentido, regular la ansiedad antes de responder y conversar para aclarar las dudas en lugar de dar por cierta una intención que todavía desconocemos.

La comunicación directa, agrega la especialista, permite obtener información que el análisis de la pantalla no ofrece. Preguntar, explica, ayuda a bajar la incertidumbre y desactivar esa reacción de alerta que se dispara cuando sentimos que no tenemos el control de la situación. Al mismo tiempo, Carreño plantea algo que suele costar: aprender a convivir con respuestas que no llegan en el momento justo. No siempre es posible tener una explicación cuando aparece la inquietud, y aceptar esa imposibilidad también es parte del trabajo.

Poner el foco en lo que nos pasa a nosotros

La psicóloga Marina Mammoliti suma otra pieza al rompecabezas. En lugar de concentrarse exclusivamente en descifrar a la otra persona, propone mirar para adentro y reconocer qué emoción despierta ese intercambio. ¿Qué nos pasa a nosotros frente a ese silencio o frente a esa respuesta corta? Esa pregunta, dice, suele revelar más de lo que cualquier suposición sobre el otro podría aportar. Mammoliti lo plantea como un cambio de foco: en vez de intentar adivinar lo que el otro siente, atender lo que uno siente, porque ahí está el motor de la sobreinterpretación.

Por qué el cerebro completa la información que falta

¿Por qué cuesta tanto hacer ese trabajo y directamente preguntar? Carreño lo atribuye a un mecanismo conocido: cuando falta información sobre los sentimientos o pensamientos del otro, el cerebro intenta anticiparlos. Para completar lo que no sabe, recurre a experiencias anteriores, a los propios miedos y a las inseguridades que cada uno arrastra. Así, una demora termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya elementos reales que permitan sostener esa conclusión. Es un intento del sistema nervioso por sacarse de la incertidumbre, pero el costo suele ser alto.

Mammoliti coincide y profundiza: las experiencias dolorosas también influyen en la manera de leer las conductas de la pareja. Una necesidad legítima de estar a solas, por ejemplo, puede percibirse como indiferencia cuando existe miedo al abandono. La inseguridad, la baja autoestima o los antecedentes de infidelidad —propios o de la pareja— alimentan la búsqueda constante de confirmaciones y la tendencia a intentar controlar al otro, que termina siendo una manera de protegerse de un dolor que ya se conoce.

Las herramientas que proponen las especialistas

El desgaste aparece cuando las conjeturas empiezan a dirigir las respuestas. Carreño describe escenas que se repiten en los consultorios: discusiones enteras por situaciones imaginadas y pedidos reiterados de seguridad que van deteriorando la confianza mutua. Para cortar ese circuito, ambas profesionales coinciden en volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que la interpretación se consolide como verdad. La propuesta puede resumirse en tres movimientos:

  • Distinguir lo que efectivamente ocurrió de lo que imaginamos que ocurrió, separando el dato de la interpretación.
  • Reconocer la emoción propia antes de responder, en lugar de intentar descifrar primero al otro.
  • Volver a la pregunta directa sobre la pareja, en lugar de sostener la suposición como si fuera un hecho.

Las dos especialistas insisten en que estas no son recetas mágicas, sino prácticas que se entrenan. Mammoliti subraya que interrumpir la interpretación constante y recuperar la conversación directa forma parte de un aprendizaje que lleva tiempo, sobre todo cuando los miedos de fondo llevan años funcionando. Carreño, por su parte, recuerda que la pantalla tiene un límite: no transmite tono, no transmite intención, y casi nunca alcanza para sacar conclusiones serias sobre lo que siente el otro. Cuando la cabeza empieza a completar lo que la pantalla no dice, el camino más sano —y a veces el más difícil— es volver a la pregunta simple, hecha en voz alta y en el momento justo.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios

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