Cuando el cariño también pesa: la herencia de las expectativas familiares y la culpa que dejan en los hijos
La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa (Paidós), recorre cómo los deseos no cumplidos de madres y padres se transforman en exigencias silenciosas que persiguen a los hijos incluso en la adultez, y propone revisar de qué nos acusamos antes de seguir cargando con un reproche que no nos corresponde.
A lo largo de mi trabajo como periodista que sigue de cerca los temas de familia, salud mental y crianza, pocas conversaciones me resultaron tan reveladoras como la que mantuvo la psicóloga Cynthia Wila al presentar su ensayo La culpa, publicado por Paidós. Lo que planteo acá no es un resumen tibio: es la traducción periodística de una idea que, creo, muchos lectores de entre cuarenta y sesenta años reconocerán en sus propias vidas. Porque la culpa, como insiste Wila, no siempre llega gritando; a veces llega envuelta en un pedido cariñoso, en un gesto de aprobación que nunca termina de completarse, en una expectativa que parece razonable pero que, mirada de cerca, resulta imposible de satisfacer.
Preguntarse qué responsabilidad tenemos en aquello que nos reprochamos es, justamente, una de las propuestas centrales de Wila para abordar la culpa cotidiana. En los vínculos familiares, esa revisión permite poner en cuestión las exigencias que acompañan una decisión y pensar cuánto de lo que sentimos responde, en realidad, a las expectativas de otras personas. La autora lo dice sin rodeos: muchas de las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos incluyen proyectos que ellos mismos no lograron concretar, y cuando esas metas se trasladan a los hijos aparece una demanda que, desde su perspectiva, ningún esfuerzo alcanza para saldar.
El pedido cariñoso que también deja marcas
Hay un punto del planteo de Wila que me parece clave y que quiero subrayar, porque suele pasar desapercibido: la forma de transmitir las expectativas también merece atención, y no hacen falta palabras hirientes para generar una carga. Un pedido expresado con cariño puede dejar igualmente abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Para la psicóloga, esa búsqueda constante de aprobación puede provocar angustia y culpa, porque instala en los hijos la sensación de que nunca es suficiente.
“Las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios. En la adultez, la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien formulándola desde afuera.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de La culpa (Paidós)
- Las expectativas de madres y padres pueden incluir proyectos que ellos no concretaron, y esa deuda simbólica se traslada a los hijos.
- No hace falta un reproche explícito: un pedido amable también puede abrir la pregunta por la aprobación y dejar una carga.
- Algunas exigencias se sostienen por miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, lo que condiciona las decisiones propias.
- Los mandatos recibidos en la infancia se internalizan y pueden seguir activos en la adultez, aunque nadie los repita en voz alta.
- La propuesta es revisar qué se reprocha cada persona, distinguir la responsabilidad por los propios actos del cuestionamiento permanente sobre sí misma.
Wila también aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona, y por eso describe recorridos individuales, atravesados por las palabras, los gestos y las situaciones vividas. Frente a ese mecanismo, la especialista propone detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos: revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo. Su planteo distingue, además, entre las normas que ayudan a convivir, como las que ponen límites a la agresividad, y los mandatos que restringen las elecciones personales. Yo lo resumo así, y lo dejo como pregunta abierta para quien esté leyendo: cuántas de las exigencias que cargamos como propias nacieron, en verdad, del deseo pendiente de alguien más.
En definitiva, lo que Wila trae a la mesa no es una denuncia contra las familias, sino una invitación a mirar de frente un fenómeno muy común: las expectativas que pesan en la crianza, cuando se vuelven mandatos invisibles, pueden dejar en los hijos una culpa que ya no les corresponde, y empezar a distinguir esa culpa del verdadero compromiso con los propios actos es, probablemente, el primer paso para soltar la carga.
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