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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cansancio, desánimo y comida: una psicóloga inglesa quiere mirar la mesa antes de recetar

Kimberley Wilson, referente en salud mental con paso por la cárcel de mujeres de Holloway, en Londres, sostiene que una evaluación clínica completa debería preguntar qué se come y cómo se duerme, además de repasar los golpes de la historia personal. La propuesta no reemplaza a la terapia ni a los psicofármacos, pero los integra en un mapa más amplio de lo que le pasa a cada paciente.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios · · lectura 5 min
Cansancio, desánimo y comida: una psicóloga inglesa quiere mirar la mesa antes de recetar

La escena clínica que describe Kimberley Wilson es bastante reconocible: alguien llega a la consulta arrastrando un cansancio que no se va, una apatía que empieza a teñirlo todo y un ánimo que se fue apagando sin que medie una razón demasiado clara. Lo que esta psicóloga, formada y reconocida en el Reino Unido, viene planteando es que esa primera entrevista, la que ordena el sufrimiento y define por dónde se empieza, debería incorporar de manera sistemática preguntas sobre la alimentación, las horas de sueño y el movimiento cotidiano, junto con los antecedentes personales y las situaciones de estrés que la propia persona puede identificar. En criollo: antes de decidir si hace falta un medicamento o un espacio de terapia, el profesional de salud mental tiene que mirar también el plato y la almohada, porque a veces el cuerpo está contando algo distinto al que cuenta el ánimo.

Una historia clínica que abra la heladera

Cuando uno repasa lo que cuenta Wilson, la idea suena simple pero tiene implicancias importantes: si una persona arrastra situaciones traumáticas no resueltas, probablemente necesite un tratamiento psicológico especializado para trabajar sobre eso, y la psicóloga lo aclara sin dudarlo. Ahora bien, si lo que aparece es una anemia de libro, o una alimentación tan restrictiva que el cerebro está funcionando a media máquina por falta de nutrientes clave, parte de ese malestar puede empezar a corregirse cuando se atiende la carencia concreta, sin necesidad de medicalizar lo que todavía no lo pide. El punto, dice Wilson, no es oponer una cosa con la otra, sino sumar: la psicoterapia, los psicofármacos cuando correspondan, y también la revisión de los hábitos, del descanso, del consumo de sustancias, de los conflictos laborales y personales que pesan sobre la salud mental.

La especialista menciona como nutrientes relevantes para el funcionamiento del cerebro a las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3, y aclara con firmeza algo que conviene repetir para no malinterpretar su propuesta: que la insuficiencia de cualquiera de estos nutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental. Lo que sí puede hacer, sobre todo si se sostiene en el tiempo, es agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad, la falta de concentración y el bajo estado de ánimo. Es decir, no es que la comida explique la depresión, pero sí puede estar amontonando piedras en el camino de quien ya viene cargando otras.

Pescado azul, suplementación y el aprendizaje de Holloway

Entre los alimentos que Wilson destaca para cuidar la salud mental están los pescados azules, esos que suelen aparecer en las listas de precios de cualquier pescadería del puerto: sardina, salmón y caballa, sobre todo por su aporte de omega-3. La recomendación concreta es incorporar al menos una porción por semana, algo que en la Argentina puede traducirse en una lata de sardinas bien resuelta, un filete de caballa a la parrilla o un trozo de salmón al horno. Para quienes siguen una dieta vegetariana o vegana, la psicóloga es clara en un punto: hay que consultar con un profesional de salud sobre las alternativas de suplementación, en lugar de improvisar con lo que aparece en la góndola, porque el riesgo de pasar de la carencia a la sobrecompensación es real.

Hay algo en el recorrido de Wilson que a mí me parece especialmente interesante para pensar estas cuestiones desde acá, desde los barrios y los centros de salud donde la gente se atiende de verdad. Su interés por la relación entre lo que se come y cómo se siente se afianzó nada menos que en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde trabajó como psicóloga. Allí, según relata, observó una y otra vez dificultades en la regulación emocional que aparecían asociadas con carencias alimentarias, en un contexto donde las mujeres privadas de la libertad suelen arrastrar historias de violencia, pobreza y consumo problemático. Wilson también cita ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles en los que la administración de micronutrientes se vinculó con una disminución de los episodios violentos, aunque ella misma aclara que esa asociación no alcanza para explicar la totalidad de la conducta de una persona a partir de su dieta. Es la misma prudencia que pide aplicar fuera del penal, en cualquier consulta.

Hábito por hábito, sin magia y con paciencia

  • Alimentación: revisar si hay carencias de vitaminas B3, B12, zinc, selenio y omega-3, e incorporar al menos una porción semanal de pescado azul o consultar por suplementación en dietas vegetarianas o veganas.
  • Sueño: evaluar la calidad y la cantidad de horas de descanso, porque un sueño fragmentado o insuficiente suele traducirse en irritabilidad, falta de concentración y ánimo bajo.
  • Movimiento: considerar el nivel de actividad física diaria, en un punto intermedio entre el sedentarismo y el exceso, adaptado a la realidad de cada paciente.
  • Consumo de sustancias: registrar alcohol, tabaco, psicofármacos y otras sustancias, porque inciden directamente sobre el sistema nervioso y sobre la respuesta a los tratamientos.
  • Conflictos y estrés: mapear situaciones laborales, familiares y personales que funcionan como gatillo o como sostén del malestar, algo que la propia persona a veces no logra ver sola.
  • Historia clínica completa: antecedentes personales, situaciones traumáticas y carga genética, para definir si hace falta psicoterapia, medicación o ambas, además de los cambios de hábitos.

Lo último que la propia Kimberley Wilson se encarga de subrayar es algo que a los lectores de entre cuarenta y sesenta años les va a resonar fuerte, porque muchos ya lo habrán vivido en carne propia: los efectos de modificar la alimentación, el descanso y el movimiento no se ven de un día para el otro. Los cambios de hábitos pueden tardar meses en empezar a percibirse, y eso exige algo que no siempre sobra, que es paciencia, y algo que sobra menos todavía, que es un equipo de salud que acompañe el proceso sin apurarse ni prometer soluciones exprés. La propuesta, en definitiva, no le saca el cuerpo a la complejidad de la salud mental: la abraza, le suma variables y le pide al profesional, y al paciente, que no miren para otro lado cuando la mesa y la cama también están contando su parte de la historia.

NC
Nadia CussiSociedad y pueblos originarios

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