Azcuénaga, el pueblo de 350 habitantes que reorganiza su mapa de comensales a 100 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires
Con diez restaurantes, cuatro opciones de alojamiento, una panadería con horno a leña de 1917 y una capilla de 1907, la localidad ofrece un circuito que se concentra los fines de semana y exige reserva previa, sobre todo los domingos, según relevó la cronista durante una recorrida por el casco rural.
Enclavado a cien kilómetros al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, el pueblo de Azcuénaga, con apenas 350 habitantes según el último registro vecinal, reúne una decena de restaurantes que funcionan mayormente los fines de semana y un conjunto acotado de alojamientos distribuidos entre una antigua fonda, una hostería, cabañas y una casa rural, configurando una escapada cuya logística exige planificar la reserva con varios días de anticipación, en particular cuando la visita cae domingo.
Diez mesas para organizar la jornada
La oferta gastronómica se distribuye en locales que combinan parrilla, pastas y propuestas de raíz italiana o francesa, y se completa con el buffet del Club Recreativo Apolo, donde Marcelo Santander y Marcela Ronco sirven ravioles caseros y milanesas durante la semana, cuando la mayoría de los restaurantes permanece cerrado. Esa apertura de lunes a viernes convierte al club en el único punto caliente del pueblo fuera del calendario de fin de semana.
- Almacén C&T: carnes y picadas en la antigua Casa Terren, abierta en 1912 y recuperada por la familia Coarasa.
- La Porteña: pastas y osobuco con risotto de calabaza.
- Lo de Grace: parrilla y pasta libre en una edificación rodeada de campo.
- Cucina de Santo: pastas y mariscos.
- Le Four: propuesta francesa de la cocinera Vanesa Plaza, con cordero con ciruelas entre los platos.
- La Posta y Silvestre: dos propuestas que completan parte del circuito gastronómico.
- Buffet del Club Recreativo Apolo, a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco, con ravioles caseros y milanesas.
Cuatro llaves para pasar la noche
Para quienes decidan extender la visita, las opciones de alojamiento se reparten entre la hostería La Piamonte, que incorporó habitaciones en el edificio que ocupaba la Fonda de Sforzini de 1903 frente a la antigua estación ferroviaria; La Magnolia, instalada en una casona rural; Rancho Aparte, con cabañas equipadas con pileta; y El Nido, otra alternativa dentro del ejido. Algo más alejados se encuentran Los Vagones de Areco, una propuesta singular que reutiliza formaciones ferroviarias reconvertidas en hospedaje.
El casco del pueblo se recorre a pie en pocas manzanas y permite enlazar la oferta gastronómica con dos paradas que condensan la memoria arquitectónica del lugar: La Moderna, panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas elaboran galleta de campo en un horno a leña, y la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907, que Ramona Lescano abre los fines de semana para visitas. En los alrededores, por los caminos rurales por los que circulan bicicletas y motos, las condiciones varían con el clima y alternan barro y terreno seco, y es posible avistar liebres, vizcachas y lechuzas.
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